Oír o leer todo lo que desde las trincheras antilobo lanzan a diario contra el signatus, y yo creo que a cualquier forma de vida salvaje tanto animal como vegetal, debería hacernos reflexionar sobre nuestra propia existencia y sobre nuestra forma de actuar frente a lo que nos rodea.
Nos creemos los dueños de todo sin darnos cuenta que somos una pieza más de un enorme puzle en el que todas las piezas son indispensables y además ninguna es más importante, al menos sobre el papel, que las demás
Y si alguna lo fuera no es nuestra especie la indispensable sino más bien todo lo contrario.
Llegamos a estar en la cima y nos estamos convirtiendo en la especie que empujará al resto, junto a nosotros mismos, al barranco de la extinción, todo gracias a nuestra falta de respeto, empatía e inteligencia.
Éramos los elegidos por la evolución y hemos evolucionado a lo que somos actualmente, seres egoístas incapaces ni siquiera de ayudar a aquellos de nuestra especie que lo pasan peor, como para pedir que pensemos en el resto de especies y sobre todo en las que estorban para nuestros intereses negocios particulares.
Deberíamos mirar en el profundo valle, en el fondo del sinuoso río, en el oscuro fondo marino, en las más altas cúspides nevadas, en el baile de las copas de los árboles mecidas por el viento, en el vuelo acompasado e hipnotizante de miles de estorninos creando ilusiones ópticas efímeras, en el errático vuelo de las mariposas, en el salto de una enorme ballena, en el melodioso canto de un mirlo, en la ambarina mirada del lobo ibérico y preguntarles si nos creen merecedores de coexistir con tanta belleza y quién nos ha dado la libertad para destruirla sin ningún tipo de vergüenza.
