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LOBO IBÉRICOLOBO IBÉRICO

¿Qué come realmente el lobo ibérico? El ADN oculto en sus heces permite descubrirlo

Una nueva técnica genética permite identificar con una precisión hasta ahora difícil de alcanzar las especies que forman parte de la dieta del lobo y abre nuevas posibilidades para comprender su ecología y el conflicto con la ganadería.
Iniciativa Popular por el LOBO 9 de septiembre de 2026

¿Qué come realmente un lobo?

Cuando hablamos del lobo ibérico, una de las preguntas que con mayor frecuencia aparece en el debate sobre la especie es aparentemente sencilla: ¿qué come realmente un lobo?

La pregunta, sin embargo, no es tan fácil de responder como pudiera parecer. El lobo es un depredador oportunista, capaz de aprovechar diferentes recursos según las características de cada territorio, la disponibilidad de presas y las condiciones ambientales. Su alimentación puede cambiar entre regiones, estaciones e incluso entre diferentes grupos que viven relativamente cerca unos de otros.

Conocer esa dieta con precisión no es una cuestión menor. Saber qué especies consume un depredador nos permite comprender mejor su comportamiento, su relación con el ecosistema y sus necesidades ecológicas. Pero también puede ayudarnos a entender uno de los aspectos más controvertidos de su presencia en la Península Ibérica: cuándo y por qué el lobo recurre al ganado doméstico.

Hasta ahora, buena parte de los estudios sobre alimentación del lobo se han basado en el análisis de sus excrementos mediante la identificación de pelos, huesos y otros restos de sus presas. Es una metodología útil y que ha permitido acumular una enorme cantidad de información, pero presenta determinadas limitaciones. Una de las principales es que no siempre resulta sencillo identificar los restos encontrados, especialmente cuando están muy degradados o cuando varias especies presentan características similares.

La genética está empezando a cambiar esta situación.

El ADN que queda después de la comida

Cada vez que un lobo consume una presa, ingiere también millones de fragmentos de ADN pertenecientes a ese animal. Una parte de ese material genético atraviesa el aparato digestivo y acaba apareciendo en las heces.

Aunque a simple vista una deposición pueda parecer simplemente un conjunto de restos parcialmente digeridos, en su interior puede existir una auténtica biblioteca genética de lo que el animal ha consumido recientemente.

La técnica conocida como DNA metabarcoding permite aprovechar esa información. De forma simplificada, consiste en extraer el ADN presente en una muestra, secuenciar determinados fragmentos y compararlos posteriormente con bases de datos genéticas para determinar a qué especies pertenecen.

De esta manera, donde anteriormente un investigador podía encontrar un pequeño fragmento de pelo y tratar de determinar microscópicamente si pertenecía a un corzo, un jabalí, una oveja o alguna otra especie, ahora puede buscar directamente las señales genéticas que han quedado en la muestra.

Pero existe una dificultad importante: las heces contienen también una enorme cantidad de ADN del propio animal que las ha producido. Si se analiza todo ese material sin tomar precauciones, el ADN del lobo puede llegar a ocultar buena parte del ADN de sus presas.

Un experimento realizado en Navarra

Un estudio publicado en 2025 en Scientific Reports por investigadores de la Universidad del País Vasco, la Universidad Autónoma de Madrid, el Centro de Ciencia y Tecnología Forestal de Cataluña y Sendaviva presenta una particularidad especialmente interesante.

Los investigadores no se limitaron a recoger excrementos de lobos en el campo y tratar posteriormente de reconstruir su alimentación. Realizaron un experimento controlado en Navarra, en colaboración con Sendaviva.

Durante 42 días se proporcionaron a dos lobos ibéricos diferentes dietas cuya composición era conocida. En total se utilizaron mezclas de nueve especies de vertebrados, entre ellas algunas de las presas habituales del lobo, como ciervo y jabalí, además de especies domésticas como pollo y conejo.

Los investigadores recogieron 50 muestras de heces y comprobaron hasta qué punto el ADN encontrado en ellas permitía reconstruir las dietas que realmente habían recibido los animales.

El resultado fue especialmente relevante: la abundancia relativa de las secuencias genéticas encontradas permitió estimar con bastante precisión la composición de las dietas experimentales. Sin utilizar un marcador destinado a bloquear el ADN del propio lobo, el modelo empleado por los investigadores explicó el 81,5 % de la variación observada en la composición de las dietas.

Los investigadores también comprobaron que las muestras fecales utilizadas en el experimento reflejaban aproximadamente la alimentación de los 1,5 a 1,8 días anteriores.

¿Podemos saber exactamente cuánto ha comido un lobo?

Aquí es importante introducir una cautela.

Que una técnica sea capaz de identificar y cuantificar con mayor precisión el ADN de las presas no significa que podamos traducir automáticamente cada porcentaje de ADN en un porcentaje exacto del peso de las presas consumidas.

La relación entre la cantidad de ADN detectada y la biomasa ingerida puede verse afectada por diferentes factores. No todas las especies producen la misma cantidad de ADN detectable, las diferentes partes del cuerpo no contienen necesariamente la misma cantidad de material genético y el proceso digestivo puede afectar de manera diferente a cada tipo de tejido.

Precisamente por ello resulta tan importante el experimento controlado realizado en Navarra. Los investigadores pudieron comparar una dieta cuya composición conocían con las señales genéticas que posteriormente aparecían en las heces.

El propio estudio señala que todavía es necesario seguir investigando antes de extrapolar directamente estos resultados a todas las situaciones naturales.

¿Qué sabemos sobre la alimentación del lobo ibérico?

Aunque el análisis genético abre nuevas posibilidades, no partimos de cero. Durante décadas se han estudiado los excrementos del lobo mediante métodos tradicionales, y diferentes investigaciones han mostrado que los ungulados silvestres constituyen una parte fundamental de su alimentación en numerosos territorios.

Un estudio realizado en una zona de recolonización del centro de España, basado en el análisis de 671 excrementos recogidos entre 2017 y 2021, encontró ungulados silvestres en el 82 % de las muestras, frente al 18 % en las que aparecieron ungulados domésticos. El jabalí apareció en aproximadamente el 44 % de las muestras y el corzo en el 35 %.

Conviene no confundir ambos trabajos. El estudio de los 671 excrementos no utilizó metabarcoding, sino métodos tradicionales de identificación de los restos de las presas. Su valor está precisamente en que aporta, mediante una metodología diferente, información sobre la alimentación del lobo en un territorio concreto.

Estos porcentajes expresan la frecuencia de aparición de las distintas presas en los excrementos analizados y no deben interpretarse directamente como porcentajes de biomasa o de cantidad de alimento consumido. La diferencia es importante: encontrar una especie en un determinado porcentaje de las muestras no significa necesariamente que represente ese mismo porcentaje del peso total ingerido. Estos datos tampoco deben interpretarse como si fueran una fotografía de la alimentación de todos los lobos ibéricos. Una de las características más importantes de la ecología del lobo es precisamente su capacidad para modificar su dieta en función del territorio.

El territorio importa

Otro estudio, publicado en Behavioral Ecology and Sociobiology, analizó la dieta del lobo durante un periodo especialmente importante: la época de cría de los cachorros, entre julio y septiembre. Los investigadores estudiaron nueve grupos reproductores distribuidos entre Galicia, Zamora y Valladolid y compararon la alimentación con la disponibilidad de presas y las características de los territorios.

Los resultados mostraron que la dieta variaba entre zonas y grupos, pero estaba formada principalmente por ungulados silvestres, especialmente jabalí, corzo y ciervo. El resultado es importante porque nos recuerda que hablar de la dieta del lobo como si existiera una única dieta ibérica puede conducir a conclusiones equivocadas. Hay dietas de lobos, no una única dieta del lobo.

¿Qué ocurre cuando faltan las presas silvestres?

Los estudios disponibles apuntan a que la disponibilidad de presas silvestres es un factor importante para determinar la alimentación del lobo. En el estudio realizado durante la época de cría, el consumo de animales domésticos fue bajo en términos generales y apareció con mayor frecuencia en territorios agrícolas o ganaderos donde las presas silvestres eran menos abundantes.

Pero aquí conviene introducir una precisión importante: cuando hablamos de ganado en el debate público debemos diferenciar entre animales cuyo consumo o muerte se ha atribuido al lobo y aquellos cuya participación en la dieta ha sido demostrada mediante análisis científico. No todo animal doméstico muerto en el monte implica necesariamente que haya sido depredado por un lobo.

Carroñero además de depredador

En este sentido, existe otro aspecto que suele quedar fuera de las discusiones sobre la alimentación del lobo: su capacidad para aprovechar carroña. El lobo puede consumir animales muertos que no ha cazado él mismo, y esta conducta forma parte de la ecología normal de un gran carnívoro. En la Sierra de Guadarrama se documentó precisamente el consumo ocasional de caballo y los investigadores consideraron probable que se tratara de carroña, dado que abatir un ejemplar adulto supondría un riesgo elevado y que existían presas de menor tamaño disponibles.

Además, esta cuestión tiene una dimensión administrativa y económica que no puede ignorarse. En distintos territorios, la consideración de un daño como ataque de lobo puede dar acceso a indemnizaciones o ayudas. Eso hace especialmente importante que la clasificación de cada episodio se base en criterios objetivos y verificables, porque de lo contrario el dato de «ganado muerto por el lobo» puede terminar mezclando situaciones ecológicamente diferentes: depredación, carroñeo y otros tipos de mortalidad. El objetivo no debería ser negar los daños reales, sino distinguirlos con rigor.

El ADN puede ayudarnos a comprender el conflicto con la ganadería

El interés de estas técnicas no está solamente en conocer mejor la biología del lobo. También pueden convertirse en una herramienta para abordar de una manera mucho más rigurosa el conflicto entre el depredador y la ganadería. Precisamente porque permiten identificar qué ha ingerido realmente un animal, estas técnicas pueden ayudar a separar mejor el supuesto consumo de ganado de los episodios en los que existen evidencias genéticas de que un animal doméstico formó parte de la alimentación.

Podríamos estudiar simultáneamente qué especies silvestres están disponibles, qué especies aparecen realmente en la dieta, qué proporción de las presas corresponde a ganado, cómo cambia la dieta entre estaciones y grupos familiares y cómo responden los lobos a modificaciones en la disponibilidad de alimento. No basta con saber cuántos animales domésticos se atribuyen a ataques de lobo. También necesitamos conocer qué recursos tiene disponibles en el territorio, qué especies aparecen realmente en sus excrementos y cómo está utilizando el conjunto del ecosistema. Solo así podremos valorar la importancia real que tiene el ganado dentro de la alimentación del lobo.

Una herramienta especialmente interesante para estudiar los grupos familiares

El lobo es un animal difícil de observar directamente. Un grupo familiar puede desplazarse durante kilómetros y pasar largos periodos sin ser observado por las personas. Las heces, en cambio, aparecen sobre el terreno con mucha mayor frecuencia. Si podemos identificar mediante genética qué ha comido el animal que dejó una deposición, podemos obtener información sobre su alimentación sin capturarlo, marcarlo ni observarlo directamente. Esto permite pensar en programas de seguimiento basados en grandes cantidades de muestras.

Combinar genética, cámaras de fototrampeo, seguimiento de presas, localización de supuestos daños y análisis espacial permitiría obtener una imagen mucho más completa de cómo funciona una población de lobos.

Del animal al ecosistema

Estudiar qué come el lobo no consiste únicamente en elaborar una lista de presas. La alimentación nos permite comprender las relaciones entre especies. El lobo es un depredador situado en una posición elevada dentro de las redes tróficas. Sus decisiones alimentarias dependen de la disponibilidad de presas, pero a su vez la presencia de un depredador puede influir sobre el comportamiento y la distribución de esas mismas presas.

Por eso conocer la dieta permite acercarnos a preguntas mucho más amplias: ¿Qué papel desempeña el lobo en los ecosistemas ibéricos? ¿Cómo interactúa con las poblaciones de jabalí, corzo y ciervo? ¿Puede modificar el comportamiento espacial de sus presas? ¿Existen efectos indirectos sobre la vegetación? ¿Qué ocurre cuando desaparece un gran depredador?

Responder a estas preguntas exige ir mucho más allá de contar lobos.

La importancia de no simplificar

En ocasiones, el debate público sobre el lobo parece reducirse a dos afirmaciones enfrentadas: «el lobo come ganado» y «el lobo come fauna silvestre». Desde el punto de vista científico, ambas afirmaciones pueden ser ciertas y, sin embargo, resultar insuficientes. Además, conviene distinguir entre consumo de animales domésticos demostrado mediante el análisis de la dieta y la simple atribución de un cadáver a un supuesto ataque de lobo.

Los datos disponibles apuntan a que el lobo utiliza preferentemente la fauna silvestre allí donde esta se encuentra disponible. Esto no significa que nunca pueda depredar sobre ganado: un lobo puede atacar animales domésticos aunque existan presas silvestres. Pero los estudios de dieta realizados en distintos territorios muestran que los ungulados silvestres pueden constituir la parte predominante de su alimentación y que la importancia del ganado varía según el territorio, la disponibilidad de presas, la estación y otros factores. El resultado es bastante más complejo que la imagen de un depredador especializado en consumir ganado.

Por eso las nuevas técnicas genéticas resultan tan interesantes. Permiten sustituir parte de las afirmaciones generales por datos concretos obtenidos de los propios animales.

Un nuevo camino para estudiar al lobo ibérico

El trabajo publicado en Scientific Reports no significa que a partir de ahora podamos resolver todos los interrogantes sobre la alimentación del lobo analizando una única deposición. Significa algo más importante: que disponemos de una herramienta que ha demostrado ser capaz de reconstruir con una precisión notable la composición de dietas conocidas y que puede complementar los métodos tradicionales de estudio.

Su aplicación a gran escala puede permitir estudiar con mucha mayor resolución cómo cambia la dieta del lobo en el espacio y en el tiempo.

Porque para conocer y proteger una especie no basta con saber cuántos individuos hay. También necesitamos saber cómo viven, dónde se alimentan, qué comen, qué recursos utilizan y cómo responde su comportamiento a los cambios que nosotros mismos introducimos en el territorio.

Quizá una de las mejores maneras de conocer al lobo no sea observarlo directamente. Quizá tengamos que empezar por escuchar lo que queda de él en sus excrementos. Y, en este caso, ese rastro invisible tiene algo extraordinario que contarnos: el ADN de todo un ecosistema.


Referencias

1. Zabala, J. et al. (2025). Metabarcoding provides accurate estimation of volumetric diet composition in a top predator despite interference from blocking primers. Scientific Reports, 15, 29033.
Estudio experimental que demuestra la capacidad del análisis de ADN metabarcoding para reconstruir con elevada precisión la composición de dietas conocidas a partir de los excrementos del lobo. El trabajo, realizado con lobos sometidos a dietas conocidas, obtuvo una relación elevada entre la composición real de las dietas y los resultados genéticos, aunque los autores advierten de la necesidad de seguir investigando antes de extrapolar directamente los resultados a todas las situaciones naturales. Consultar el estudio completo en Scientific Reports

2. Barja, I. et al. (2023). Wild Ungulates Constitute the Basis of the Diet of the Iberian Wolf in a Recently Recolonized Area: Wild Boar and Roe Deer as Key Species for Its Conservation. Animals, 13, 3364.
Uno de los trabajos fundamentales para el argumento central de este artículo. Analizó 671 excrementos de lobo recogidos entre 2017 y 2021 en el entorno del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama y encontró presencia de ungulados silvestres en el 82 % de las muestras, frente al 18 % de ungulados domésticos. El jabalí y el corzo fueron las principales presas identificadas. Consultar el estudio sobre la dieta del lobo en la Sierra de Guadarrama

3. Barja, I. et al. (2024). Iberian wolf’s diet and its quality during breeding season: exploring the influence of zone, wolf groups, prey availability and individual factors. Behavioral Ecology and Sociobiology, 78, 41.
Estudio que analiza la alimentación del lobo ibérico durante la época de cría y estudia cómo influyen el territorio, la disponibilidad de presas, los grupos de lobos y diferentes factores individuales. Sus resultados muestran una importante presencia de ungulados silvestres y ponen de manifiesto que la dieta puede variar entre territorios y grupos en función de la disponibilidad de recursos. Consultar el estudio sobre la dieta del lobo durante la época de cría

4. EL PAÍS (2024). La dieta del lobo madrileño: jabalí de primero, corzo de segundo y poco ganado.
Artículo de divulgación que recoge los resultados del estudio realizado en la Sierra de Guadarrama y explica de forma accesible el predominio de la fauna silvestre en la dieta del lobo. También resulta especialmente interesante para abordar el consumo de carroña y la necesidad de diferenciar entre depredación y aprovechamiento de animales que ya habían muerto por otras causas. Leer el artículo de EL PAÍS sobre la dieta del lobo madrileño

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