Una violación evidente de la legalidad en Asturias
Si matar lobo ya es, de por sí, un despropósito, lo ocurrido en el Sellón constituye un ejemplo flagrante de vulneración de protocolos y normativa:
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Las batidas deben ser ejecutadas exclusivamente por personal público acreditado y debidamente formado.
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La participación de particulares —guiando, marcando rastros, hostigando animales o actuando como apoyo táctico— está expresamente prohibida.
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La sola presencia operativa de paisanos en una acción letal supone una violación del procedimiento, un riesgo evidente para la seguridad y una degradación institucional.
Además, se conocen más casos similares de participación de paisanos en batidas en diferentes puntos de Asturias, aunque todavía no todos han sido documentados oficialmente. Estas prácticas, además de ilegales, son absolutamente inaceptables y serán denunciadas si procede, porque no se puede permitir que particulares actúen como auxiliares en operaciones letales contra fauna protegida. La impunidad en estas acciones solo refuerza un modelo de gestión deficiente y dañino, y es responsabilidad de la administración garantizar que la ley se cumpla estrictamente.
Esta dinámica revela una cesión institucional a grupos con intereses privados, ignorando el deber de conservación y de cumplimiento normativo.
Matar lobos no reduce los ataques: la evidencia es clara
A pesar de que la narrativa oficial insiste en que la eliminación de lobos protege al ganado, la ciencia dice lo contrario:
Cuando se descabezan manadas, se destruye la estructura social del grupo. Los ejemplares jóvenes, dispersos e inexpertos, aumentan su probabilidad de atacar ganado. Las comunidades autónomas que llevan años matando lobos no han reducido los daños al ganado: los han incrementado. La inestabilidad generada por la caza promueve el comportamiento oportunista, aumenta la presión sobre el ganado y genera un círculo vicioso de más daños y más abatimientos.
El modelo represivo no solo falla: agrava el problema que dice querer resolver.
Cantabria: un ejemplo contundente del fracaso del modelo cinegético
Cantabria ofrece un caso especialmente claro de cómo la caza no solo no soluciona el problema, sino que lo empeora:
En 2025 se registraron cientos de ataques al ganado y cientos de reses muertas, se supone, a manos de lobos. La comunidad estableció un cupo de 41 lobos para abatir tras retirar la protección, y ya había eliminado más de la mitad en pocos meses. Los ataques aumentaron de forma notable, pese a la intensificación de las matanzas. Diversos partidos políticos, investigadores y organizaciones conservacionistas señalan que Cantabria ha transformado la “gestión” en un proceso sistemático de eliminación del lobo. Los datos oficiales muestran que donde más lobos se mata, más daños se registran.
Estos resultados no son una coincidencia: son la consecuencia directa de políticas basadas en la persecución y la desestructuración de manadas, que generan más conflictos, no menos.
Un modelo común: represión, clientelismo y retroceso
Asturias y Cantabria presentan un patrón que se repite:
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Uso sistemático de batidas como herramienta política para contentar a determinados sectores.
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Manipulación o ignorancia de las evidencias científicas.
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Actuaciones irregulares o directamente ilegales.
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Ausencia de programas de convivencia real.
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Dependencia histórica de la presión ganadera y cinegética.
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Un retroceso preocupante hacia la lógica de la “ley de alimañas”.
Todo ello ocurre en territorios que, paradójicamente, se promocionan como “Paraísos Naturales” mientras permiten la eliminación sistemática de un depredador clave.
Lo que sí funciona: coexistencia responsable
Mientras Asturias y Cantabria insisten en modelos obsoletos, la ciencia propone alternativas eficaces y contrastadas:
Pastoreo tradicional y vigilancia del ganado; uso de mastines y perros protectores bien formados; cercados nocturnos y medidas disuasorias; control sanitario y gestión adecuada de carroñas; compensaciones rápidas, justas y transparentes; programas educativos y de sensibilización para fomentar la convivencia.
Estas medidas no son teoría: funcionan en numerosas regiones europeas, reduciendo daños y conflictos sin recurrir al exterminio.
Conclusión: una política sin rigor que apunta al fracaso
Lo ocurrido en el Sellón y lo que sucede en Cantabria reflejan un patrón claro:
No hay gestión técnica.
No hay respeto por la legalidad.
No hay ciencia.
No hay voluntad de convivencia.
Lo que sí hay es violencia institucional, presión de lobbies y una deriva preocupante hacia el exterminio del lobo ibérico.
Un camino que solo traerá más daños, más conflicto y más destrucción.
Asturias y Cantabria se están convirtiendo en ejemplos de cómo no gestionar la fauna salvaje.
