Un artículo de opinión de Mercedes González en Diario Red
Así que, como en todo buen cuento con villanos, alguien decidió que el lobo debía desaparecer. Pero esta vez no empezarían con cepos, veneno o rifles… eso vendría después. Primero usarían algo más sutil, más moderno, más cobarde: leyes disfrazadas. En un despacho de moqueta mullida, a alguien se le ocurrió esconder la trampa en una ley sobre desperdicio alimentario. Como quien te clava un puñal mientras te sonríe.
Pensaron que era el plan perfecto. Mientras la gente celebraba titulares sobre reciclaje y sostenibilidad, ellos colaban —silenciosamente— un artículo entre líneas para borrar al lobo del LESRPE, el listado de especies protegidas. Sin ruido. Sin debate. Sin vergüenza. Solo el zarpazo escondido de quienes legislan en la sombra.
Pero se olvidaron de algo: que en aquel reino también vivían personas que no se dejaban asustar por cuentos de miedo ni por lobos que decían que se comían a niñas. Había quienes, lejos de dormirse, leían hasta la última línea del pergamino. Quienes conocían las leyes del bosque y también las de la Constitución. Quienes sabían que el equilibrio de la vida no se mantiene con disparos ni con fraudes legales. Había, en fin, quienes no aceptaban relatos donde siempre muere el mismo animal.
Entonces ocurrió lo inesperado. Un personaje discreto, casi invisible para muchos —el Defensor del Pueblo— alzó la voz. Presentó un recurso de inconstitucionalidad. Les dijo que no, que no se puede legislar a traición, metiendo basura bajo la alfombra legal. Que eso es fraude de ley. Que el artículo 45 de la Constitución no se toca para contentar a los señores del rifle. Que el truco, esta vez, no cuela.
Y así fue como quienes tramaron la trampa legal acabaron en el punto de mira. No por el lobo, sino por intentar borrar derechos fundamentales a escondidas, como quien apaga una vela sin que nadie lo note.
En Cantabria llevamos años viendo cómo se demoniza el lobo para tapar la ausencia de políticas rurales justas
Mientras tanto, el lobo —ese al que retratan con colmillos afilados y mirada de criminal— ya ha empezado a caer bajo las balas. Algunos ya no están. Cayeron por culpa de una trampa legal disfrazada de norma. Pero otros aún siguen ahí. Mirando desde lo alto del monte. Desconfiados. Silenciosos. Y, a veces, aullando. No por miedo, sino por memoria. Porque, aunque quisieron silenciarlos, sus aullidos nos recuerdan que aún queda mucho por defender. Que no todo está perdido. Que la naturaleza, pese a las heridas, sigue viva. Y que nosotras, como el lobo, tampoco nos rendimos.
En Cantabria lo sabemos bien. Aquí llevamos años viendo cómo se justifica su caza con informes manipulados, cómo se demoniza su figura para tapar la ausencia de políticas rurales justas, cómo se dejan sin pagar los daños que provoca, y cómo se le enfrenta con los ganaderos como si la convivencia fuera imposible. Aquí también sabemos cómo se alimenta el miedo para cosechar votos. Conocemos bien a quienes dicen defender el campo… mientras lo vacían de servicios, de futuro y de vida.
Pero el lobo no está solo en esta historia. Hay cada vez más gente que se planta. Que ya no cree en fábulas donde el cazador es siempre el héroe. Que entiende que proteger al lobo no es una excentricidad, sino una necesidad. Una obligación ecológica, legal y moral.
Y así llegamos al final de este capítulo… porque el cuento aún no ha terminado. Y como en toda historia donde hay trampas, hay también quien las denuncia. Nosotras, lanzamos un mensaje claro: que se detengan ya todas las extracciones de lobos en Cantabria y en todo el reino. Porque no se puede seguir cazando una especie protegida amparándose en una ley bajo sospecha. Porque hacerlo no es solo inmoral… es, quizá, también ilegal.
Y como en todo buen cuento, aquí va la moraleja: El lobo se queda. Las trampas se desmantelan. Y quienes legislan a escondidas acabarán rindiendo cuentas… ante la justicia y ante la historia.
