Detrás de esta indecencia están los políticos ultras opuestos al medio ambiente, que han hecho del lobo un enemigo electoral y de la biodiversidad un obstáculo para su supervivencia política. Son ellos quienes han legitimado el retroceso, quienes han normalizado la barbarie y quienes han asumido sin pudor el discurso de la eliminación como política pública.
Pero sería ingenuo, y conveniente para algunos, detener el análisis ahí. Porque detrás de estos yonkis del voto rural hay un actor que lleva años operando en la sombra, marcando la agenda, intoxicando el debate y señalando objetivos: el lobby de la caza. El verdadero culpable oculto no es el ganadero ni el mundo rural, sino una industria cinegética que no tolera competencia sobre sus víctimas y que considera el monte público su coto privado.
La caza lleva décadas malmetiendo contra el lobo, presentándolo como una plaga, un estorbo, un intruso. No porque ataque al ganado, ésa es la coartada, sino porque compite por las presas. El lobo caza lo que la Caza quiere explotar. Y eso, para un sector acostumbrado a decidir quién vive y quién muere en el monte, es intolerable. El lobo rompe el monopolio de la muerte.
Ese discurso ha sido inoculado con paciencia en parte del sector ganadero y amplificado por partidos políticos sin escrúpulos, encantados de convertir un conflicto complejo en un relato simple y violento. Así, el lobo se transformó en chivo expiatorio perfecto y la caza en gestora encubierta del territorio. Lo que no se podía decir en público: que el lobo sobra porque estorba al negocio cinegético, se tradujo en leyes, en excepciones y, finalmente, en su expulsión del LESRPE y en las matanzas ilegales que comenzaron el verano de 2025 en Asturias, Cantabria y La Rioja. Matanzas en las que el tiempo y la Justicia «justa» (febrero 2026) deberán demostrar la posible criminalidad de los consejeros implicados y, esperemos, su condena. Desde marzo de 2025, el mensaje es inequívoco: la biodiversidad se sacrifica si molesta al lobby adecuado. La ciencia se ignora, los compromisos internacionales se incumplen y el principio de precaución se sustituye por la escopeta.
El lobo pasa de ser una especie clave a ser una molestia a eliminar, no por razones ecológicas, sino económicas y políticas. Este episodio no habla sólo de fauna. Habla de poder, cobardía y corrupción moral. De una política que se arrodilla ante la caza, que utiliza al mundo rural como excusa y que vende el patrimonio natural de todos los ciudadanos para asegurarse unas mayores dosis electorales. El lobo no es el problema. El problema es una alianza tóxica entre políticos sin ética y un lobby que no soporta compartir el monte.
Y mientras esa alianza siga mandando, no habrá convivencia posible, porque quien gobierna a base de matanzas está traicionando al 98 por ciento de la población, que ni caza ni quiere más muertes.
