La última exhibición de Vicente González Eguren, este “experto” reciclado en portavoz informal del modelo de la Junta de Castilla y León tuvo lugar en una entrevista en la que, bajo apariencia de defensa del medio rural, se aboga por la vuelta al control letal, por la desnaturalización del concepto de conservación, y por un enfoque que niega el papel clave del lobo en los ecosistemas. Todo ello, claro está, envuelto en un lenguaje técnico y paternalista, destinado a legitimar un discurso que ya conocemos demasiado bien.
De hecho, este autodenominado experto, no utiliza (quizá porque no la conoce o porque no le interesa para su discurso) la literatura científica que demuestra los problemas de conservación que tiene la especie -asociados por ejemplo a su pobreza genética-, el estancamiento de su población o la baja capacidad de dispersión que caracteriza a la población ibérica de lobos.
Un “experto” sin currículo real
Conviene aclararlo desde el principio: Vicente González Eguren no es un experto en lobos. No ha publicado investigaciones sobre lobo o grandes carnívoros, ni tiene experiencia en el seguimiento del cánido, ni es autor sobre publicaciones técnicas sobre la especie. Su autoridad se basa más en presencia mediática y cargos ligados al entorno institucional de Castilla y León que en méritos científicos verificables.
Ha sabido construirse una imagen de referente en la materia gracias a su vinculación con el Centro del Lobo Ibérico Félix Rodríguez de la Fuente, en Robledo de Sanabria, un espacio que, lejos de actuar como verdadero centro de interpretación científica, suele operar como instrumento de blanqueo del discurso cinegético y de control poblacional defendido por la Junta. El centro, financiado con fondos públicos, sirve de altavoz para legitimar decisiones políticas hostiles hacia el lobo bajo el paraguas de la “coexistencia racional” y de hecho, muchos de los visitantes al centro se ven sorprendidos del discurso de algunos de sus monitores sobre la necesidad de cazar a la especie, algo incongruente para un centro de -supuesta- educación ambiental.
Pero González Eguren va más allá: en entrevistas anteriores ha llegado a insinuar que el lobo podría ser vector de rabia, una enfermedad erradicada en España desde 1978. Esta afirmación, más propia de la propaganda del siglo pasado que del conocimiento veterinario actual, es irresponsable y demagógica, y refleja hasta qué punto está dispuesto a deformar la realidad para apuntalar sus argumentos.
Una “ciencia” al servicio del poder
En recientes declaraciones a un medio afín al discurso ganadero y cinegético —donde se reproducen sin cuestionamiento cifras, opiniones y relatos construidos para alarmar y justificar la “gestión” del lobo—, González Eguren vuelve a su mantra: el lobo no es una especie clave, aumentar sus poblaciones no es viable, y hay que priorizar la “coexistencia”.
Curiosamente, esta coexistencia se parece sospechosamente a las políticas previas a la inclusión del lobo en el Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial (LESRPE): cupos de caza, controles letales, eliminación de manadas “conflictivas” y estimaciones infladas de población.
Según él, la media de ejemplares por manada se sitúa entre siete y ocho lobos, lo que permitiría estimar unas 2.500 unidades en España. Cifra mágica que, de aceptarse, permitiría reabrir el debate sobre el control cinegético, precisamente la línea que defiende desde hace años la Junta. Sin embargo, los estudios científicos fijan esa media entre 3 y 4 ejemplares durante el periodo invernal (momento en que se censan los lobos en otras zonas y por tanto comparable) , lo que revela una vez más el uso interesado de datos para manipular la percepción pública.
El relato del conflicto: subvenciones, exageraciones y omisiones
En este discurso tan calculado como previsible, el conflicto con la ganadería extensiva ocupa el centro del escenario. Se habla de “más de 6.000 cabezas de ganado muertas” y de “4.000 ataques” sólo en Castilla y León, datos que nunca se contrastan con rigor independiente ni se ponen en contexto. Tampoco se menciona que los ganaderos reciben indemnizaciones automáticas, compensaciones de la PAC, que deben cumplir con una condicionalidad ambiental (y por tanto es irresponsable pedir la caza de esta especie) y ayudas públicas específicas, ni que buena parte de los daños atribuidos al lobo son difíciles de verificar con pruebas concluyentes. Recordemos que en Castilla y León no se emplean métodos genéticos para comprobar la autoría de los daños al ganado, por lo que en decenas de episodios, resulta realmente difícil asignar un ataque a lobo o a perro.
Peor aún, se omite el éxito comprobado de medidas preventivas: perros mastines, cerramientos nocturnos, vigilancia activa o disuasión tecnológica, todas herramientas eficaces para reducir al mínimo el riesgo. Pero eso exige esfuerzo y cooperación, no titulares fáciles y enemigos a los que culpar.
¿Veterinarios que olvidan lo esencial?
Resulta profundamente preocupante que profesionales de la Veterinaria —formados para velar por la salud animal— ignoren deliberadamente la función sanitaria del lobo en los ecosistemas. Al depredar sobre animales enfermos o débiles, el lobo reduce la transmisión de enfermedades epizoóticas como la tuberculosis bovina, la sarna o la brucelosis, que afectan a las poblaciones de ungulados silvestres y que pueden llegar a la cabaña ganadera.
Desde un punto de vista epidemiológico, el lobo actúa como barrera natural frente a brotes que sí tienen un coste económico y sanitario real. No reconocer este hecho básico es una omisión grave, especialmente para quienes dicen preocuparse por la ganadería.
Ciencia, sí. Pero no así.
En definitiva, el discurso de estos veterinarios no es científico, sino ideológico. Se articula en torno a tres pilares: exageración del conflicto, manipulación de datos y defensa encubierta de la caza como herramienta de gestión. Todo ello legitimado por una supuesta experiencia técnica que no resiste un escrutinio serio.
No es casual que este relato se alinee con el modelo de gestión de la Junta de Castilla y León, una administración que durante años permitió el exterminio sistemático del lobo al norte del Duero, que luchó contra su inclusión en el LESPRE, y que ahora utiliza centros públicos y voceros afines para mantener viva su narrativa.
Conclusión: desinformación con bata blanca
La conservación del lobo ibérico no necesita opiniones disfrazadas de ciencia, ni “expertos” a medida de intereses políticos o económicos. Necesita rigor, honestidad y voluntad de construir una coexistencia real y sostenible, no basada en la eliminación del problema, sino en la integración del lobo como lo que es: un elemento imprescindible del equilibrio ecológico.
El peligro no es el lobo. El verdadero peligro es dejar que quienes lo ven como una molestia —y no como un aliado— ocupen el centro del debate. Es hora de exigir transparencia, ciencia de verdad y decisiones que respondan al bien común, no a intereses particulares.

Referencias y fuentes consultadas
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- Pérez, T. et al. (2020). «High prevalence of tuberculosis in wild ungulates in northern Spain: implications for livestock and human health.» Transboundary and Emerging Diseases, 67(3), 1253-1263.
- Documental técnico de la Asociación para la Conservación y Estudio del Lobo Ibérico (ASCEL).
- ABC (13 de julio de 2025). “Conservar al lobo no puede ser a costa de otras especies”.
- La Opinión de Zamora (12 de octubre de 2020). Vicente González Eguren: “La ganadería extensiva está más que cuestionada”.
