Ese mensaje se ha repetido hasta la saciedad desde determinadas organizaciones agrarias, especialmente desde ASAJA, que en los últimos años ha convertido al lobo —y cada vez con mayor frecuencia también al oso— en el enemigo perfecto sobre el que descargar todos los males del mundo rural.
Sin embargo, basta leer con atención uno de sus últimos comunicados para comprobar algo sorprendente: el lobo no aparece entre los grandes problemas del sector del vacuno.
Y no es un detalle menor.
Mientras algunos siguen reclamando más controles letales sobre el lobo, el propio sector reconoce que cada año desaparece alrededor de un 10 % de las explotaciones de vacuno, pero atribuye esa dramática pérdida a causas completamente distintas.
Los problemas reales sí tienen nombre
En el análisis realizado por ASAJA aparecen claramente las prioridades que, según la propia organización, están llevando al sector hacia una crisis cada vez más profunda:
- La pérdida de mercados exteriores tras el cierre de Marruecos por la dermatosis nodular.
- La incertidumbre comercial derivada del acuerdo con Mercosur.
- La caída de los precios percibidos por los ganaderos.
- La falta de relevo generacional, que provoca el cierre constante de explotaciones.
A ello se suman cuestiones sanitarias como la gestión de la tuberculosis bovina y una burocracia que dificulta la incorporación de jóvenes al sector.
Es decir, problemas económicos, comerciales, sanitarios y demográficos. Problemas complejos. Problemas estructurales. Problemas cuya solución exige políticas agrarias, comerciales y de desarrollo rural. Ninguno de ellos desaparece matando lobos.
El chivo expiatorio perfecto
Durante años se ha construido un relato muy eficaz desde el punto de vista político: si la ganadería atraviesa dificultades, la culpa es del lobo.
Ese mensaje resulta enormemente rentable porque desplaza el foco de los verdaderos problemas.
Es mucho más sencillo señalar a un depredador salvaje que abordar cuestiones como la falta de rentabilidad de las explotaciones, el poder de negociación de la distribución, la competencia internacional, la despoblación rural o el fracaso de determinadas políticas agrarias.
Cuando el debate se centra en el lobo, deja de hablarse de precios, de mercados, de costes de producción o de la falta de jóvenes que quieran continuar con las explotaciones familiares.
Y, mientras tanto, las ganaderías siguen cerrando.
La eliminación del lobo no solucionará la crisis
La experiencia demuestra que reducir las poblaciones de lobos no revierte el abandono de la actividad ganadera.
En numerosos territorios donde el lobo desapareció hace décadas, la ganadería extensiva también ha sufrido un fuerte retroceso.
Porque las causas son exactamente las mismas:
- baja rentabilidad;
- envejecimiento de los titulares;
- ausencia de relevo generacional;
- incremento constante de costes;
- presión burocrática;
- competencia exterior;
- pérdida de servicios en el medio rural.
La desaparición del lobo nunca ha resuelto ninguno de esos problemas.
Y, en algunos casos, incluso puede generar otros nuevos.
Diversos estudios científicos han mostrado que la eliminación indiscriminada de ejemplares puede desestructurar las manadas, favorecer ataques oportunistas sobre ganado y aumentar los conflictos en lugar de reducirlos.
Por eso, la gestión basada exclusivamente en el control letal rara vez constituye una solución eficaz a largo plazo.
Una decisión política disfrazada de solución
En los últimos años se ha pretendido vender la salida del lobo del LESRPE como la gran respuesta a la crisis ganadera.
Nada más lejos de la realidad.
Modificar el nivel de protección de una especie no reabre mercados internacionales. No mejora los precios en origen. No reduce la burocracia. No consigue que un joven pueda vivir dignamente de la ganadería. No evita que cierre una explotación por falta de rentabilidad.
La propia ASAJA lo reconoce, aunque probablemente sin pretenderlo.
En su diagnóstico sobre el vacuno no sitúa al lobo entre las prioridades que amenazan la supervivencia del sector. Y eso desmonta buena parte del discurso que durante años se ha utilizado para justificar campañas permanentes contra esta especie.
Convivencia, no confrontación
Defender al lobo no significa ignorar los daños que pueden sufrir algunos ganaderos. Es evidente que existen ataques y que quienes los padecen deben recibir indemnizaciones rápidas, suficientes y acompañadas de medidas eficaces de prevención. La convivencia requiere inversiones públicas, asesoramiento técnico, ayudas para mastines, cercados, pastoreo adaptado y otras herramientas preventivas.
Lo que no puede hacerse es convertir al lobo en el responsable de una crisis cuya raíz está en factores económicos y estructurales mucho más profundos. Porque eso no ayuda ni a conservar la naturaleza ni a salvar la ganadería.
El verdadero debate
La noticia difundida por ASAJA deja una conclusión difícil de discutir: Cada año desaparece alrededor de un 10 % de los ganaderos de vacuno.
Y las causas señaladas por la propia organización son los mercados, los precios, la rentabilidad, la sanidad animal, la burocracia y la falta de relevo generacional. No el lobo.
Quizá haya llegado el momento de abandonar el discurso del enemigo fácil y afrontar, de una vez por todas, los auténticos desafíos del medio rural. Porque mientras algunos siguen disparando contra el lobo, la verdadera crisis continúa avanzando en silencio. Y esa sí está cerrando explotaciones todos los días.
Lo que dice la ciencia
Durante décadas se han publicado numerosos estudios científicos sobre la relación entre los grandes carnívoros y la ganadería extensiva. Aunque las conclusiones presentan matices según el territorio y el contexto ecológico, existe un amplio consenso en varios aspectos fundamentales.
Matar lobos no garantiza una reducción de los ataques
Diversas investigaciones realizadas en Europa y Norteamérica han demostrado que el control letal no reduce necesariamente los daños sobre el ganado y, en determinadas circunstancias, puede incluso incrementarlos.
La explicación es relativamente sencilla. Las manadas de lobos poseen una estructura social compleja. Cuando se elimina a uno o varios de sus miembros, especialmente a los reproductores, la organización del grupo puede desestabilizarse. Esa desestructuración favorece la aparición de grupos más pequeños o de individuos dispersos que recurren con mayor frecuencia a presas fáciles, entre ellas el ganado doméstico.
En otras palabras, eliminar lobos no siempre significa reducir el conflicto; en ocasiones puede provocar exactamente el efecto contrario., algo que ya publicábamos en el artículo «Por qué matar lobos no es la mejor forma de proteger a las ovejas»
La prevención resulta mucho más eficaz
La experiencia acumulada en numerosos países europeos demuestra que las medidas preventivas ofrecen mejores resultados a medio y largo plazo que el control letal indiscriminado.
Entre las herramientas que han mostrado una mayor eficacia destacan:
- el uso de mastines correctamente adiestrados;
- los cercados eléctricos temporales o permanentes;
- el agrupamiento nocturno del ganado cuando resulta viable;
- la presencia activa del pastor;
- los sistemas de vigilancia y alerta temprana;
- las ayudas públicas para adaptar las explotaciones a la convivencia con grandes carnívoros.
La combinación de varias de estas medidas suele reducir considerablemente la probabilidad de ataques.
El lobo cumple una función ecológica imprescindible
El lobo no es únicamente un depredador. Es una especie clave para el funcionamiento de los ecosistemas.
Al regular las poblaciones de ungulados silvestres, como jabalíes o ciervos, contribuye a mantener el equilibrio ecológico, limita la sobrecarga sobre la vegetación y favorece procesos naturales que benefician a numerosas especies animales y vegetales.
También elimina preferentemente individuos enfermos, viejos o debilitados, lo que ayuda a mejorar la salud de las poblaciones silvestres y puede contribuir a limitar la propagación de determinadas enfermedades.
La desaparición del lobo genera desequilibrios ecológicos cuyos efectos pueden prolongarse durante décadas.
Conservar al lobo y mantener la ganadería es posible
Numerosos territorios europeos albergan poblaciones estables de lobo al mismo tiempo que mantienen una importante actividad ganadera extensiva.
La pregunta, por tanto, no debería ser cómo eliminar al lobo, sino cómo facilitar una convivencia que permita mantener tanto la biodiversidad como el futuro de quienes viven de la ganadería.
La ciencia desmonta un falso dilema
Con frecuencia se plantea el debate como si hubiera que elegir entre proteger al lobo o proteger la ganadería.
Sin embargo, la evidencia científica apunta en otra dirección.
Los principales factores que amenazan hoy la continuidad de la ganadería extensiva son económicos, demográficos, comerciales y administrativos. El propio comunicado de ASAJA reconoce que la pérdida de mercados, la falta de relevo generacional, la caída de la rentabilidad y la presión burocrática constituyen los desafíos prioritarios del sector.
La conservación del lobo no resolverá esos problemas, pero tampoco es su causa.
Convertir a la fauna salvaje en el chivo expiatorio de una crisis estructural puede resultar útil desde un punto de vista político o mediático, pero aleja el debate de las verdaderas soluciones que necesitan tanto el medio rural como la conservación de la naturaleza.
