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LOBO IBÉRICOLOBO IBÉRICO

Cuando arde el monte, no solo arden los árboles: incendios, fauna salvaje y el impacto sobre el lobo ibérico

Cada verano, cuando los incendios forestales vuelven a ocupar los informativos, aparece también un viejo discurso que pretende explicar la catástrofe con una frase aparentemente sencilla: “el monte está sucio”. Hay demasiada vegetación, demasiado matorral, nadie limpia, los bosques están abandonados y, según esta interpretación, el fuego no sería tanto consecuencia de determinadas actividades humanas como el resultado inevitable de haber permitido que la naturaleza creciera demasiado.
Iniciativa Popular por el LOBO 18 de agosto de 2026

Es un relato cómodo porque transforma un problema complejo en una cuestión de limpieza, pero parte de una premisa equivocada. Un bosque no está limpio ni sucio. Un bosque está vivo. El sotobosque, los arbustos, las herbáceas, la hojarasca, los árboles muertos, los hongos, los insectos y toda la fauna asociada forman parte de un ecosistema cuya estructura no puede juzgarse utilizando los mismos criterios que aplicaríamos a una carretera, un jardín o un solar. Esto no significa que no sea necesario gestionar determinados espacios forestales: alrededor de poblaciones, infraestructuras, carreteras y zonas estratégicas puede ser imprescindible reducir la continuidad del combustible y mantener áreas de defensa. Pero eso es gestión forestal y prevención, no “limpieza” indiscriminada del monte. La diferencia es fundamental.

Y todavía hay una pregunta anterior que debería ocupar el centro de cualquier debate sobre incendios: ¿por qué se produce el fuego? Porque una cosa es que un bosque pueda arder y otra muy diferente que alguien lo incendie. La vegetación puede proporcionar combustible, pero no enciende por sí misma el incendio. Para que exista un siniestro tiene que producirse una ignición y, a partir de ese momento, serán la humedad, el viento, la temperatura, la topografía y las características de la vegetación las que determinen su evolución. Por eso resulta tan poco riguroso responsabilizar directamente al “monte abandonado” de los incendios sin analizar primero quién o qué los inicia y bajo qué condiciones se producen.

La mayoría de los incendios tienen un componente humano

La Estadística General de Incendios Forestales del Ministerio para la Transición Ecológica distingue entre cinco grandes grupos de causas: rayos, negligencias y causas fortuitas, incendios intencionados, causas desconocidas y reproducciones de incendios anteriores. Esta clasificación es importante porque permite diferenciar el origen del fuego de las circunstancias que posteriormente determinan su propagación. Y cuando se analiza la estadística española aparece una realidad que debería ocupar mucho más espacio en el debate público: la actividad humana desempeña un papel predominante en el origen de los incendios forestales.

Los datos recientes del Servicio de Protección de la Naturaleza de la Guardia Civil apuntan en la misma dirección. Según la información correspondiente a 2024 y hasta octubre de 2025 recogida por EFE Verde, el SEPRONA atribuyó origen humano —intencionado, negligente o accidental— al 72 % de los incendios de los que tuvo conocimiento, y de los siniestros esclarecidos aproximadamente uno de cada cuatro había sido provocado deliberadamente. Estas cifras no permiten afirmar que todos los incendios intencionados tengan la misma motivación ni, mucho menos, atribuirlos a un colectivo concreto. Pero sí permiten desmontar una idea fundamental: el problema de los incendios españoles no puede explicarse simplemente diciendo que hay demasiada vegetación en el monte.

Según la información correspondiente a 2024 y hasta octubre de 2025 recogida por EFE Verde, el SEPRONA atribuyó origen humano —intencionado, negligente o accidental— al 72 % de los incendios de los que tuvo conocimiento, y de los siniestros esclarecidos aproximadamente uno de cada cuatro había sido provocado deliberadamente

La propia documentación histórica del MITECO es todavía más explícita cuando analiza las categorías de intencionalidad. En su inventario del decenio 1996-2005 explica que la categoría de incendios intencionados incluye también quemas agrícolas, quemas de eliminación de matorral y quemas de regeneración de pastos que se dejan arder de forma incontrolada y terminan pasando al monte, aunque quien inició el fuego no pretendiera necesariamente incendiar la superficie forestal. El mismo documento señala entre las motivaciones destacadas las quemas agrícolas y ganaderas, además de otras relacionadas con la caza, venganzas o pirómanos.

No se trata, por tanto, de convertir a ganaderos o agricultores en responsables colectivos de los incendios. Eso sería una simplificación tan injusta como la que pretendemos combatir. No todos los ganaderos queman, no todos los agricultores utilizan el fuego y no todos los incendios intencionados tienen una motivación agroganadera. Pero tampoco es aceptable negar que determinadas prácticas relacionadas con la utilización del fuego para modificar la vegetación, regenerar pastos o eliminar matorral están documentadas oficialmente como causas de incendios forestales. La prevención seria consiste precisamente en identificar esas prácticas, conocer dónde se concentran y actuar sobre ellas.

El fuego utilizado para “limpiar” puede acabar destruyendo el monte

Aquí aparece una de las grandes contradicciones del discurso sobre el supuesto “monte sucio”. Durante décadas, las estadísticas oficiales han recogido incendios relacionados con la utilización del fuego para eliminar vegetación, favorecer pastos o modificar el paisaje. El propio MITECO documentaba ya en informes de los años noventa que las quemas de matorral destinadas a regenerar pastos constituían una causa principal de los incendios en determinadas épocas del año, y que entre las motivaciones identificadas de los incendios intencionados las quemas de pastos tenían un peso muy importante.

Esto nos sitúa ante una paradoja difícil de ignorar. Se acusa al matorral de ser el responsable del incendio porque proporciona combustible, mientras que al mismo tiempo una de las prácticas históricamente documentadas consiste precisamente en utilizar el fuego para eliminar ese matorral y conseguir nuevos espacios de pasto. Cuando la quema permanece «bajo control» puede perseguir un objetivo concreto (siempre discutible); cuando se escapa, el mismo fuego que debía transformar una superficie determinada puede entrar en el bosque y convertirse en un incendio forestal de enormes dimensiones.

Por eso la cuestión no es si la vegetación “sobra”. La cuestión es qué vegetación existe, cómo está estructurado el paisaje, dónde es necesario intervenir y, sobre todo, cómo evitar que se produzcan igniciones peligrosas. Una política de prevención que se limite a eliminar vegetación después de cada temporada de incendios está actuando sobre una parte del problema y dejando intacta la cuestión fundamental: las causas que hacen que el fuego comience.

El “monte sucio” no existe desde el punto de vista ecológico

La expresión “monte sucio” puede tener sentido coloquial, pero carece de utilidad para describir un ecosistema. Un bosque natural necesita estratos diferentes de vegetación. Los árboles proporcionan cobertura y alimento; los arbustos ofrecen refugio y recursos a numerosas especies; las plantas herbáceas forman parte de las comunidades vegetales; la hojarasca protege y enriquece el suelo; la madera muerta es utilizada por hongos, insectos y otros organismos y participa en los ciclos de nutrientes.

La expresión “monte sucio” puede tener sentido coloquial, pero carece de utilidad para describir un ecosistema

Eliminar indiscriminadamente estos elementos no equivale a mejorar el bosque. Puede significar, sencillamente, empobrecerlo. La prevención de incendios debe buscar actuaciones estratégicas que reduzcan el riesgo en lugares concretos sin destruir innecesariamente la estructura ecológica del territorio. Un cortafuegos, una franja de seguridad alrededor de una población o el tratamiento selectivo de determinadas zonas de riesgo pueden tener una justificación clara; convertir extensas superficies naturales en espacios despejados porque “el monte está sucio” es otra cuestión completamente diferente.

Este asunto ya lo hemos abordado en Lobo Ibérico en “David Hammerstein: los incendios han desnudado la orfandad política y cultural del ecologismo en España”, donde se analiza precisamente la utilización de conceptos como abandono, limpieza o suciedad para explicar un problema que exige una visión ecológica mucho más compleja. No se trata de defender un monte intocable, sino de recordar que gestionar un ecosistema no significa eliminar todo aquello que no nos resulta visualmente cómodo.

No todos los bosques arden igual

Hay otro elemento que suele desaparecer de la conversación cuando se habla de incendios forestales: qué tipo de bosque estamos viendo arder. No es lo mismo un bosque autóctono desarrollado durante décadas o siglos que una plantación forestal homogénea de crecimiento rápido. En muchas zonas del noroeste peninsular, especialmente en Galicia, Asturias, Cantabria y otras áreas atlánticas, grandes superficies están ocupadas por plantaciones de pinos y eucaliptos que no deben confundirse automáticamente con bosques naturales. El propio análisis de los incendios en la Península Ibérica muestra una elevada incidencia del fuego en masas de Pinus pinaster y Eucalyptus; en España, durante el periodo 2001-2010, el mayor porcentaje de superficie quemada correspondió precisamente a Pinus pinaster, Eucalyptus globulus y Pinus halepensis.

La investigación científica más reciente permite ir más allá. Un estudio publicado en 2025 en Journal of Applied Ecology analizó tres grandes incendios ocurridos en España y comparó la severidad del fuego y la recuperación posterior en diferentes tipos de vegetación. Los resultados mostraron que las plantaciones de pino presentaron una severidad significativamente mayor y una recuperación inicial menor que otros tipos de vegetación, especialmente cuando las masas tenían una elevada densidad de árboles y abundante sotobosque. Además, la proximidad a las plantaciones de pino estaba asociada con una mayor severidad del fuego en la vegetación situada alrededor. Los autores concluyen que las plantaciones densas pueden contribuir a aumentar la severidad de los incendios bajo las actuales condiciones climáticas y que su planificación y gestión deben tener en cuenta este riesgo.

La comparación entre plantaciones y bosques autóctonos resulta todavía más interesante en el ámbito atlántico. Una investigación publicada en 2024 comparó bosques caducifolios autóctonos dominados por robles con plantaciones de Eucalyptus globulus y Pinus pinaster. Los investigadores observaron que la resiliencia frente al fuego era elevada en el bosque autóctono y baja en las plantaciones de pino y eucalipto. Un año después del incendio, la estructura del robledal había recuperado buena parte de sus características, mientras que el pinar había perdido prácticamente todos los estratos superiores y presentaba cambios mucho más profundos en su composición vegetal.

Los investigadores observaron que la resiliencia frente al fuego era elevada en el bosque autóctono y baja en las plantaciones de pino y eucalipto

Esto no significa que un bosque autóctono sea inmune al fuego. No existe un bosque que no pueda arder en condiciones extremas. Pero sí significa que la composición y estructura del paisaje importan, y mucho. Las especies autóctonas pueden presentar adaptaciones ecológicas que favorecen su resistencia o su recuperación después del incendio, mientras que determinadas plantaciones homogéneas pueden generar una mayor continuidad del combustible y, en determinadas condiciones, favorecer incendios de mayor severidad. Un estudio realizado en el noroeste de España señala además que los bosques autóctonos de roble presentan copas que proporcionan mayor sombra y humedad y limitan el crecimiento de biomasa bajo ellas, mientras que los pinares y eucaliptales pueden presentar características asociadas a una mayor inflamabilidad.

Por tanto, cuando se habla de “monte cargado de combustible” habría que preguntarse también qué paisaje hemos construido y qué especies hemos plantado en él. No es lo mismo un mosaico de bosques autóctonos, matorrales, pastizales y cultivos que una masa forestal homogénea y continua. Y tampoco es lo mismo hablar de un pinar natural que de una plantación de pino realizada con una finalidad productiva. Confundir ambos conceptos conduce a diagnósticos equivocados y, por tanto, a políticas de prevención equivocadas.

La solución tampoco consiste en sustituir automáticamente una especie por otra ni en eliminar cualquier plantación existente. Lo que muestran estos estudios es la necesidad de planificar el paisaje forestal teniendo en cuenta su comportamiento frente al fuego, su biodiversidad y su capacidad de recuperación, especialmente en un contexto de temperaturas crecientes y sequías más frecuentes. La diversificación de las masas, la reducción de determinadas continuidades y densidades excesivas y la recuperación progresiva de formaciones autóctonas pueden formar parte de una estrategia de adaptación mucho más inteligente que la simple eliminación indiscriminada de vegetación.

Y aquí aparece otra cuestión que encaja perfectamente con el argumento central de este artículo: no podemos culpar de los incendios a la naturaleza y, al mismo tiempo, ignorar las transformaciones que nosotros mismos hemos realizado sobre el paisaje. Si determinadas plantaciones pueden contribuir a aumentar la severidad del fuego y, además, presentan una recuperación ecológica menor, la conversación sobre prevención debería incluir necesariamente qué modelo forestal queremos para el futuro.

Un incendio no mata solamente a los animales que encontramos

La imagen más inmediata después de un gran incendio es la de los árboles quemados y, en ocasiones, la de animales muertos entre las cenizas. Pero el impacto ecológico es mucho mayor. El fuego puede provocar mortalidad directa por las llamas, el calor y el humo, pero también puede destruir nidos, madrigueras y refugios, alterar la disponibilidad de alimento, modificar las relaciones entre depredadores y presas, afectar a cursos de agua y obligar a numerosos animales a desplazarse hacia zonas que no han ardido.

La intensidad del incendio resulta determinante. Una revisión científica sobre mortalidad de fauna durante incendios señala que la mortalidad directa aumenta con la severidad del fuego, pero también advierte de una importante carencia de datos sobre este fenómeno. Esto significa que no podemos saber cuántos animales mueren simplemente contando los cadáveres que encontramos después de un incendio. La ausencia de cadáveres no equivale a ausencia de impacto.

No podemos saber cuántos animales mueren simplemente contando los cadáveres que encontramos después de un incendio. La ausencia de cadáveres no equivale a ausencia de impacto

Además, la recuperación del ecosistema puede ser extraordinariamente lenta. Que aparezcan brotes verdes después de unas semanas o que el matorral vuelva a crecer no significa que se haya recuperado la comunidad animal que existía antes del incendio. Diferentes especies recolonizan a ritmos distintos y algunas dependen de estructuras que pueden tardar años o décadas en volver a desarrollarse.

Esto es particularmente importante cuando hablamos de especies con territorios extensos y estructuras sociales complejas.

El lobo también es una víctima del fuego, aunque consiga escapar de las llamas

El lobo puede desplazarse y abandonar una zona incendiada. Esa capacidad de movimiento puede permitir que determinados ejemplares sobrevivan físicamente al incendio. Pero sobrevivir al fuego no significa que el incendio no haya afectado a la manada.

Una manada necesita un territorio funcional en el que encontrar alimento, refugio y lugares adecuados para reproducirse. Necesita también corredores que permitan sus desplazamientos y una estructura de paisaje que reduzca, en la medida de lo posible, su exposición a las perturbaciones humanas. Cuando un incendio transforma una parte importante de ese territorio, el lobo puede verse obligado a modificar sus movimientos y utilizar áreas diferentes.

Cuando un incendio transforma una parte importante de ese territorio, el lobo puede verse obligado a modificar sus movimientos y utilizar áreas diferentes

Los grandes incendios de 2025 permiten ya aproximarse a la magnitud de este problema. El informe “Afecciones a la biodiversidad por los grandes incendios de la Cordillera Cantábrica (2025)”, elaborado por especialistas de la Universidad de León, Estación Biológica de Doñana-CSIC, Universidad Complutense de Madrid, IREC-CSIC, Universidad de Oviedo y otras instituciones, analizó específicamente la afección sobre el lobo ibérico. En el área estudiada, los incendios afectaron a 81 de las 156 cuadrículas UTM de 10 × 10 kilómetros con presencia de la especie, el 51,9 %. De los 130 grupos de lobo considerados, 23 quedaron directamente dentro de superficies incendiadas, un 17,7 %. Si se incorpora un área de influencia de dos kilómetros alrededor de los incendios para considerar posibles efectos sobre la reproducción, la cifra asciende a 36 grupos, el 27,7 %. Y si se considera un radio de nueve kilómetros relacionado con los movimientos de los animales, se llega a 91 grupos, el 70 %.

Estos porcentajes deben interpretarse con rigor. No significan que el 70 % de los grupos de lobo haya sufrido mortalidad ni que esas manadas hayan desaparecido. Los autores advierten expresamente de que se trata de diferentes niveles de afección territorial y que las consecuencias concretas sobre mortalidad, calidad del hábitat, reproducción y desplazamientos deben analizarse posteriormente (véase el informe completo). Lo que sí demuestran es que el impacto espacial del fuego sobre el lobo es mucho mayor que la superficie que aparece simplemente coloreada como “quemada” en un mapa.

El territorio quemado no termina en el perímetro del incendio

Este aspecto resulta especialmente importante. Cuando se declara que un incendio ha afectado a una determinada superficie, tendemos a imaginar una frontera perfectamente definida: dentro está el territorio afectado y fuera comienza el territorio intacto. Para la fauna esa frontera no existe.

Un animal que pierde su territorio puede desplazarse fuera de él. Una presa que pierde refugio puede concentrarse en otra zona. Una manada puede modificar sus recorridos. Un individuo dispersante puede encontrarse con otros grupos. Una hembra con cachorros puede necesitar utilizar zonas diferentes a las habituales.

Por eso el informe de la Cordillera Cantábrica establece diferentes áreas de influencia para el lobo: afección directa dentro del incendio, afección potencial sobre la reproducción en un radio de dos kilómetros y afección sobre los movimientos en un radio de nueve kilómetros. No son tres maneras de contar animales muertos; son tres escalas diferentes para comprender cómo una perturbación territorial puede afectar a una especie de grandes desplazamientos.

Y aquí aparece una consecuencia especialmente preocupante: el desplazamiento puede llevar a los animales hacia lugares donde aumenten otros riesgos. El mismo informe recomienda, en las zonas quemadas y su entorno, suspender determinadas actividades cinegéticas y reducir nuevas perturbaciones sobre la fauna afectada.

Los incendios afectan también a las presas del lobo

El lobo no puede separarse del resto del ecosistema. Su presencia depende de las poblaciones de presas que existen en su territorio y de las condiciones que permiten a estas especies alimentarse, refugiarse y reproducirse.

Un incendio modifica esas condiciones. Algunas especies pueden desaparecer temporalmente de las zonas quemadas, mientras otras pueden concentrarse en los sectores que han quedado intactos. La vegetación que se recupera después del incendio tampoco reproduce inmediatamente la estructura anterior. El resultado es una transformación de la disponibilidad de alimento y refugio que puede prolongarse durante años.

El resultado es una transformación de la disponibilidad de alimento y refugio que puede prolongarse durante años

Por eso sería un error analizar el impacto de los incendios sobre el lobo preguntando únicamente cuántos lobos murieron directamente. Una población puede sufrir las consecuencias de la destrucción de su hábitat sin que se produzca una mortalidad masiva inmediata.

El problema es todavía mayor cuando los incendios se repiten en un mismo territorio antes de que el ecosistema haya tenido tiempo suficiente para recuperarse. Los autores del informe sobre la Cordillera Cantábrica advierten precisamente del carácter acumulativo que pueden tener estos episodios sobre la supervivencia de sistemas ecológicos y sobre especies que ya presentan problemas de conservación.

El cambio climático no prende el fuego, pero cambia las reglas

Llegados a este punto hay otro factor que resulta imposible ignorar: el cambio climático.

Pero conviene expresarlo correctamente. Decir que el cambio climático está agravando los incendios no significa afirmar que sea él quien provoca la mayoría de las igniciones. La fuente de ignición y las condiciones de propagación son cuestiones diferentes. Una cerilla, una negligencia, una quema que se escapa o una acción deliberada pueden iniciar el fuego; un episodio de calor extremo, sequedad, viento y baja humedad puede convertir esa ignición en un incendio extraordinariamente difícil de controlar.

La Agencia Europea de Medio Ambiente señala que el cambio climático está aumentando el peligro de incendios en Europa y favoreciendo temporadas de riesgo más largas y condiciones más extremas. La combinación de temperaturas crecientes, sequías y cambios en la humedad de la vegetación genera un escenario en el que determinados incendios pueden alcanzar una severidad y una velocidad de propagación superiores a las del pasado.

España se encuentra especialmente expuesta a esta evolución. Los indicadores oficiales del MITECO muestran una tendencia hacia temperaturas más elevadas y una mayor frecuencia e intensidad de determinados episodios extremos. Y los incendios de 2025 proporcionaron una demostración particularmente dramática de lo que puede suceder cuando coinciden grandes superficies secas, condiciones meteorológicas adversas y múltiples focos de incendio.

El avance informativo oficial del MITECO cifra en 354.746 hectáreas forestales afectadas en 2025 y registra 63 grandes incendios forestales, frente a una media de 23 grandes incendios en el decenio anterior. Además, 37 de esos 63 grandes incendios superaron las 1.500 hectáreas.

La conclusión debería ser evidente: si el clima hace que los incendios sean potencialmente más extremos, cada ignición humana evitable adquiere todavía mayor importancia.

El cambio climático no puede convertirse en una excusa

Existe el riesgo de utilizar el cambio climático como explicación absoluta de los incendios y, de ese modo, ocultar nuestra capacidad de actuar sobre sus causas.

No podemos controlar que un verano sea más cálido que el anterior, pero sí podemos reducir determinadas prácticas de riesgo. Podemos controlar las quemas, mejorar la vigilancia, podemos sancionar las conductas ilegales,s evitar que las quemas agrícolas o de pastos se conviertan en incendios y adaptar los sistemas de prevención y extinción. Podemos diseñar mejor los espacios de interfaz entre bosque y zonas habitadas.

Y podemos dejar de repetir que el culpable es el monte porque tiene vegetación. El cambio climático hace que la prevención de las igniciones sea todavía más importante, no menos.

La prevención no puede consistir simplemente en “limpiar”

La gestión forestal es necesaria, pero debe abandonar el lenguaje simplista de la limpieza. Un bosque no necesita ser despojado de su estructura para ser gestionado correctamente. Las actuaciones preventivas deben estar diseñadas de acuerdo con las características del territorio y dirigidas prioritariamente a los lugares donde puedan reducir realmente el riesgo.

La prevención alrededor de un núcleo urbano puede ser imprescindible. La gestión de una franja de seguridad junto a una carretera puede estar plenamente justificada. La creación y mantenimiento de áreas estratégicas para la extinción puede salvar vidas y reducir la superficie quemada. Pero eso no significa que haya que eliminar sistemáticamente el sotobosque de un ecosistema.

La creación y mantenimiento de áreas estratégicas para la extinción puede salvar vidas y reducir la superficie quemada. Pero eso no significa que haya que eliminar sistemáticamente el sotobosque de un ecosistema

La gestión forestal debe ser selectiva, no indiscriminada; estratégica, no estética; y ecológicamente informada, no basada en la idea de que todo lo que crece espontáneamente es “suciedad”.

Un bosque con estructura y diversidad puede ser también un bosque gestionado. La cuestión no es cuánto matorral hay en abstracto, sino qué estructura tiene el paisaje, dónde está el combustible, cómo se distribuye y qué actuaciones permiten reducir el riesgo sin destruir el ecosistema.

El fuego puede modificar un territorio de lobo durante años

Para el lobo, la recuperación de la vegetación no significa necesariamente la recuperación inmediata de su territorio. Una superficie puede comenzar a reverdecer y, sin embargo, haber perdido durante años las condiciones que utilizaba una manada.

La recuperación de las poblaciones de presas puede ser desigual. Los refugios pueden tardar mucho tiempo en recuperar su estructura. Los movimientos pueden cambiar. Los individuos desplazados pueden establecerse temporalmente en otras zonas. Y las manadas que sobreviven al incendio pueden encontrarse con un territorio diferente al que utilizaban antes. Por eso los efectos ecológicos del fuego deben medirse a largo plazo. El día en que se extingue el incendio no es el día en que termina el incendio para la fauna.

El informe sobre la Cordillera Cantábrica insiste precisamente en la necesidad de seguimiento posterior y señala que los efectos de estos grandes incendios pueden tener carácter acumulativo.

Y hay algo especialmente importante: proteger lo que queda

Cuando un gran incendio arrasa una superficie extensa, los espacios que no han ardido adquieren todavía mayor importancia. Se convierten en refugios para los animales que han sobrevivido y en zonas desde las que puede comenzar la recolonización de las áreas quemadas.

Por eso las medidas posteriores al incendio deberían evitar añadir nuevas perturbaciones innecesarias. El informe científico sobre la Cordillera Cantábrica recomienda precisamente suspender actividades cinegéticas en las zonas afectadas y su entorno y establecer medidas específicas de protección para las especies amenazadas.

En el caso del lobo, esto resulta especialmente relevante porque los animales desplazados pueden concentrarse temporalmente en zonas que no han ardido. Lo último que necesita un territorio ya alterado es que esos espacios refugio sean sometidos inmediatamente a nuevas presiones.

El fuego no termina cuando desaparecen las llamas

Medir un incendio exclusivamente en hectáreas quemadas es insuficiente. Una superficie quemada no explica por sí misma qué ha sucedido con las poblaciones animales, ni cuánto tardará el ecosistema en recuperarse.

Hay que preguntar qué especies estaban presentes, qué zonas de reproducción quedaron afectadas, qué corredores se perdieron, qué poblaciones de presas resultaron dañadas y hacia dónde se desplazaron los animales supervivientes.

En el caso del lobo, además, hay que tener presente que estamos hablando de manadas que utilizan territorios extensos. El incendio puede afectar directamente a una parte de su territorio y, al mismo tiempo, alterar el resto mediante el desplazamiento, la modificación de las rutas y la concentración de animales en las zonas no quemadas.

Los datos disponibles para la Cordillera Cantábrica muestran que esa dimensión territorial es enorme: de los 130 grupos considerados, 23 sufrieron afección directa, 36 quedaron dentro del área de influencia de reproducción y 91 dentro del área considerada para sus movimientos. No sabemos todavía cuántos animales morirán como consecuencia directa o indirecta de esos incendios. Y es importante no inventarlo. Lo que sí sabemos es que el territorio del lobo ha sido afectado.

El problema no es el monte: es nuestra relación con él

Quizá haya llegado el momento de abandonar definitivamente el concepto de “monte sucio”.

Porque detrás de esa expresión existe una concepción profundamente equivocada de la naturaleza: la idea de que todo aquello que crece espontáneamente y que no tiene una utilidad económica inmediata es vegetación sobrante que debería eliminarse. Pero un bosque no funciona así: El matorral proporciona refugio, la madera muerta alimenta ciclos ecológicos, la vegetación protege el suelo, los arbustos sirven de alimento y refugio, la diversidad de estructuras permite que convivan numerosas especies y, todo ello, forma parte del ecosistema en el que también vive el lobo. No necesitamos un monte vacío. Necesitamos un monte gestionado inteligentemente.

No todos los incendios son iguales, pero todos dejan una huella

Hay incendios naturales provocados por rayos. Hay accidentes. Hay negligencias. Hay incendios intencionados con motivaciones muy diversas. Y existen incendios cuya causa no puede determinarse. Pero hay algo que las estadísticas permiten afirmar con claridad: la actividad humana desempeña un papel fundamental en el problema de los incendios forestales españoles. Y dentro de ese componente humano existen prácticas concretas relacionadas históricamente con quemas agrícolas, ganaderas, regeneración de pastos y eliminación de matorral.

Pero hay algo que las estadísticas permiten afirmar con claridad: la actividad humana desempeña un papel fundamental en el problema de los incendios forestales españoles

No hace falta atribuir todos los incendios a un determinado colectivo para reconocer esta realidad. No hace falta acusar a todos los ganaderos. No hace falta acusar a todos los agricultores. Hace falta algo mucho más sencillo: identificar las prácticas que provocan incendios y evitar que sigan produciéndose. Porque si una quema destinada a conseguir pastos termina incendiando un bosque, el problema no era que el bosque estuviera “sucio”. El problema era que se utilizó fuego en un territorio y bajo unas condiciones en las que podía convertirse en una catástrofe.

Defender al lobo también significa defender el paisaje

El debate sobre el lobo suele reducirse a cuántos ejemplares existen, cuántas manadas hay o qué protección legal debe tener la especie. Pero ninguna población de lobo puede existir al margen del territorio.

El lobo necesita un ecosistema.

Necesita presas, refugios, lugares de reproducción, corredores, un paisaje suficientemente amplio y funcional para que las manadas puedan sobrevivir y los individuos jóvenes puedan dispersarse. Cuando ese territorio arde, la conservación de la especie también resulta afectada. Por eso el fuego debe formar parte del debate sobre el futuro del lobo ibérico. No porque los incendios vayan a provocar necesariamente una desaparición inmediata de la especie, sino porque la acumulación de perturbaciones sobre territorios ya sometidos a una fuerte presión humana puede tener consecuencias que todavía no conocemos completamente.

El propio informe de los grandes incendios de la Cordillera Cantábrica reclama que las especies amenazadas sean incorporadas expresamente a los planes de prevención y extinción y que sus áreas críticas sean conocidas antes de que se produzcan los incendios. (Universidad de León) Esa debería ser una de las lecciones de 2025.

La guerra contra el lobo y la destrucción de su territorio forman parte del mismo problema

En Iniciativa Popular por el Lobo hemos analizado en otros artículos cómo determinadas políticas están provocando un retroceso en la protección de la especie y en la consideración de la biodiversidad como un patrimonio que debe ser conservado. En “Un año de regresión: la guerra contra el lobo y la naturaleza” desarrollamos precisamente esa evolución y el contexto político en el que se están produciendo estos cambios.

Los incendios constituyen otra dimensión del mismo problema. Cuando un territorio pierde biodiversidad, cuando se simplifica el paisaje, cuando se destruyen hábitats y cuando se considera que determinadas especies o determinadas estructuras naturales son un obstáculo para determinados usos humanos, el resultado final no afecta únicamente al lobo. Afecta al conjunto del ecosistema. Por eso la defensa del lobo no puede limitarse a defender al animal. Hay que defender también el territorio que lo sostiene.

El lobo no provoca los incendios. Pero paga sus consecuencias

El lobo no decide cuándo se quema un monte ni decide si se utiliza fuego para regenerar pastos. No decide cómo se gestiona el matorral ni decide cómo cambia el clima. No decide qué actividades se realizan después del incendio. Pero sí puede perder parte de su territorio como consecuencia de todas esas decisiones.

Los grandes incendios de 2025 han demostrado que el problema es real. El informe científico de la Cordillera Cantábrica ha documentado una afección directa sobre 23 grupos de lobo, una afección potencial sobre las zonas de reproducción de 36 y una posible afección territorial sobre los movimientos de 91. No sabemos todavía cuántos animales morirán, cuántos abandonarán temporalmente sus territorios o cuánto tardarán las poblaciones de presas y refugios en recuperarse.

Pero sabemos que el incendio ha alterado el territorio del lobo. Y sabemos que esos efectos no desaparecen cuando se apaga el último foco.

No necesitamos más “limpieza”: necesitamos prevención

La prevención de incendios debe comenzar mucho antes de que aparezca el humo. Debe actuar sobre las causas humanas de las igniciones, mejorar el control de las actividades de riesgo, impedir las quemas ilegales, gestionar estratégicamente las zonas vulnerables y adaptar el territorio a un clima que está cambiando. Y cuando el incendio se produce, la prioridad debe ser proteger vidas humanas, controlar el fuego y, al mismo tiempo, minimizar el daño sobre los ecosistemas y las especies amenazadas. Después debe comenzar la restauración.

Se debe actuar sobre las causas humanas de las igniciones, mejorar el control de las actividades de riesgo, impedir las quemas ilegales, gestionar estratégicamente las zonas vulnerables y adaptar el territorio a un clima que está cambiando

No una restauración basada únicamente en recuperar una apariencia verde. Una restauración ecológica, que permita recuperar suelo, vegetación, agua, refugios, presas y conectividad. Recuperar un bosque no significa simplemente que vuelvan a crecer los árboles. Significa recuperar las relaciones que hacían posible que aquel bosque fuera un ecosistema.

Cuando arde el monte, arde una red de vida

La próxima vez que veamos un gran incendio y alguien diga que “el monte estaba sucio”, quizá deberíamos formular una pregunta diferente: ¿Quién encendió el fuego?

Y después otra: ¿Qué condiciones hicieron posible que ese fuego se convirtiera en una catástrofe?

Y una tercera: ¿Qué hemos perdido realmente?

Porque la respuesta no será solamente un número de hectáreas, serán árboles, arbustos, plantas, insectos, aves, reptiles, mamíferos, cursos de agua, suelos, refugios, territorios y relaciones ecológicas y, entre ellos, estarán también los lobos que vivían allí. El monte no estaba sucio. el monte estaba vivo. Y cuando arde, no solo arden los árboles. Arde una parte de la red de vida que hacía posible que ese territorio fuera un hogar para el lobo ibérico.


Referencias

  • David Hammerstein: Los incendios han desnudado la orfandad política y cultural del ecologismo en España
  • Un año de regresión: la guerra contra el lobo y la naturaleza
  • ¿Cuántos lobos hay realmente? Censos inflados, datos cuestionados y una política construida sobre cifras que no reflejan la realidad
  • Estadística de Incendios Forestales — Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico
  • Estadística General de Incendios Forestales — MITECO
  • Avance informativo de incendios forestales 2025 — MITECO
  • Los incendios — Decenio 1996-2005, MITECO
  • Los incendios forestales en España, 1990 — MITECO
  • Uno de cada cuatro incendios forestales esclarecidos por la Guardia Civil fue provocado — EFE Verde
  • Afecciones a la biodiversidad por los grandes incendios de la Cordillera Cantábrica (2025) — informe técnico
  • Afecciones a la biodiversidad por los grandes incendios de la Cordillera Cantábrica (2025) — versión en ResearchGate
  • Un estudio de la ULE revela daños significativos en la biodiversidad protegida de la Cordillera Cantábrica por los grandes incendios
  • Animal mortality during fire — Global Change Biology
  • Forest fires in Europe — Agencia Europea de Medio Ambiente
  • Perfil Ambiental de España — indicadores ambientales y cambio climático
  • Política forestal en España — MITECO
  • The legacy of pine plantations on fire severity — Journal of Applied Ecology, 2025
  • European Atlantic deciduous forests are more resilient to fires than Pinus and Eucalyptus plantations — Forest Ecology and Management, 2024
  • Un estudio liderado por la Universidad de Cádiz demuestra que el tipo de vegetación condiciona la severidad del fuego
  • Analysis of the occurrence of wildfires in the Iberian Peninsula based on harmonised data from national forest inventories
  • Human dimensions of wildfires in NW Spain: causes, value of the burned vegetation and administrative measures
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