Uno de los mantras que más repiten los agrofascistas en los últimos tiempos es el de que “en las ciudades sin el campo os ibais a morir de hambre”. Junto a este falso discurso, arremeten sin cesar contra los “urbanitas”, los “ecologetas” y, en general, contra todo aquel que se manifieste en contra de sus intereses.
El “asunto lobo” ha agudizado aún más esta postura, intentando alimentar una fractura que, según dicen, distancia cada vez más la vida rural de la urbana, en la que nos sitúan a todos los que apostamos por el medio ambiente, a pesar de que una buena parte también hayamos nacido y crecido y vivamos en el campo. Es parte de ese falso discurso con el que pretenden apuntalar el estatus de privilegio que han logrado en las últimas décadas.
Que la actividad agroganadera es deficitaria lo sabemos hace mucho tiempo. De hecho, además de saberlo, lo sufrimos todos y cada uno de los contribuyentes. Así, los impuestos que la mayoría social de este país aportamos son los que mantienen sus negocios, a través de ayudas directas como la PAC, ayudas de Comunidades Autónomas, ayudas al emprendimiento rural, rebajas en el IRPF de hasta el 70% en algunos casos, ayudas en la protección del ganado, a la compra de maquinaria, indemnizaciones, agroseguros financiados con dinero público… ¡Pagados entre toda la ciudadanía!
Y sobre todo por la ciudadanía de los entornos no rurales, ya que en estos vive menos del 16% de la población total, siempre teniendo en cuenta que en estos análisis incluyen poblaciones de menos de 30.000 habitantes, núcleos en los que, en la mayoría, la actividad agroganadera es minoritaria.
Utilizando la terminología del Ministerio de Agricultura Pesca y Alimentación, la PAA (Población Activa Agraria) en España no llega al 4,6%, según el estudio que se puede leer en este enlace. Una cosa es vivir en un pueblo y otra ser parte del sector primario. Ellos, por su condición de “sector primario”, apenas aportan a las arcas del estado debido a la cantidad de exenciones y ayudas a la ganadería y agricultura que tienen. Les guste o no, reciben muchísimo más de lo que dan.
Además de subvencionarles sus negocios, ¿quién paga las infraestructuras necesarias para que puedan desarrollar su actividad, para que puedan vivir? (…) Efectivamente, los “urbanitas”. Carreteras, servicios (telefonía, electricidad, agua…), colegios, centros de salud… Porque, con lo que el campo aporta a las arcas públicas, todavía vivirían como en aquellos años del Caudillo, al que tanto añoran muchos de ellos.
Por si todo esto fuera poco, y para cerrar el círculo, aquello que han producido con nuestro dinero lo volvemos a comprar como consumidores.
Y no vamos a hablar de la procedencia de la mayoría de los productos que consume la ciudadanía porque sería abrir otro melón grande e interesante, que nos aclararía los ojos y demostraría que la ganadería en extensivo aporta poco a la alimentación general. En realidad, son insignificantes.
Los “no rurales”, en cambio, no nos quejamos por ello, es lo que tiene vivir en comunidad, vivir en sociedad. Aportamos para el bien común, también para ellos.
Y aquí es donde encaja el “asunto lobo”.
El signatus está sufriendo una rebaja en su protección en la Unión Europea y en España a petición de la ganadería, en concreto la que se practica en extensivo (aquellos animales que pastan libremente en el monte, la mayoría de las ocasiones sin ningún tipo de supervisión ni protección).
No contentos con todo lo anterior, constantemente vemos cómo el interés particular de unos pocos ganaderos se antepone al interés general de todos los ciudadanos, solicitando más y más ayuda, controles de depredadores, de todo lo que les moleste. Pero no lo olvidemos: un ternero, o una cabra muerta se puede reponer fácilmente, basta comprar otra en el mercado; pero cada lobo es insustituible, único. Y además hay cuantiosas partidas económicas para paliar estas pérdidas.
Aun así, los ganaderos, argumentando “cuantiosas pérdidas”, exigen matar lobos, a lo que la administración responde diligentemente, con cargo a los impuestos de los ciudadanos, a través del brazo ejecutor de las Comunidades Autónomas.
Pero es falso que el lobo implique perdidas económicas a la ganadería, al contrario. Cada animal muerto por el lobo es un gran beneficio económico para el ganadero. Basta tomar unos pocos datos; cada año el MITECO destina a las Comunidades Autónomas 20.000.000 de euros para pagar los posibles animales muertos por el lobo y para medidas preventivas, como cercados o mastines,
A modo de ejemplo, en 2022 Cantabria recibió 1.653.105 euros, a los que debemos añadir otros 200.000 euros del propio Gobierno Autonómico. Ese año se produjeron 2.144 supuestas muertes por lobo, lo que significa que cada animal muerto supuso unos 864 euros en compensaciones; ese año, el precio medio del vacuno en el mercado de Torrelavega era de 274 euros.
Paradójicamente (y miserablemente) Cantabria ha sido la primera en iniciar la matanza de lobos.
Un ganadero cobra el triple por un ternero supuestamente muerto por el lobo que, si lo cuidase, lo alimentase y lo vendiese para su sacrificio. ¿Conoces a alguien que le pagan el triple por NO hacer su trabajo en vez de hacerlo? Y no solo eso. La mortalidad natural del ganado en extensivo es de un 5 a un 10%, según los estudios del propio sector. ¿En las «zonas loberas» es ese mismo porcentaje? Podemos asegurar que la respuesta a esta pregunta es NO. Es mejor que la oveja haya muerto por un ataque que de muerte natural. El dinero es el dinero. La picaresca.
Aumentan las supuestas perdidas por ataques de lobo y se disparan los importes de las ayudas.
La pregunta es, ¿tiene algún efecto esta lluvia de millones? Debería, pero la realidad es que las administraciones retrasan los pagos, dificultan la consecución de ayudas y generan el caldo de cultivo necesario para que el agrofascismo se envalentone todavía más y nunca le parezcan suficientes las cuantías que perciben por todo tipo de conceptos.
Todo para justificar la GUERRA AL SIGNATUS.
Pero nunca es suficiente, siempre exigen más, siempre piden más.
Y sin ningún pudor, se atreven a afirmar que en las ciudades se vive gracias a ellos.
No, señores,
¡LA CIUDAD DA DE COMER AL CAMPO!
