Tal y como señalábamos en el artículo La guerra del lobo, “alrededor del lobo se está librando una auténtica guerra: un enfrentamiento cada vez más polarizado, más violento dialécticamente y, en ocasiones, incluso en el terreno físico”.
Eso no es una metáfora: es la descripción de un conflicto social que ha trascendido la biología y ha entrado de lleno en la política, la economía y los medios de comunicación.
La falsa defensa del “mundo rural” y la negación de la evidencia
En el contexto de este enfrentamiento se ha construido un relato en el que amplios sectores del llamado mundo rural —sostenidos en gran medida por subvenciones, ayudas y mercados urbanos— se autoproclaman “guardianes de la tradición” y “defensores de la vida en los pueblos”. Sin embargo, como subraya La guerra del lobo, este discurso se sostiene más en confrontación ideológica que en realidad social o económica. Gran parte de quienes alzan la voz contra la fauna salvaje no están defendiendo el medio ambiente: están defendiendo intereses privados que se benefician de la sobreexplotación, la intensificación agraria y la presión cinegética.
Esto demuestra algo que se ha repetido en nuestros análisis a lo largo del año: el campo no es autosuficiente ni enemigo de la ciudad, sino dependiente de ella. La producción agraria y ganadera vive del consumo, las subvenciones, los mercados urbanos y las infraestructuras que solo la sociedad global —rural y urbana— sostiene. La narrativa que confronta campo contra ciudad es una falacia que solo sirve para dividir y debilitar a quienes, de verdad, pueden proponer soluciones sostenibles.
El campo y la ciudad no son antagónicos: la falacia polarizadora
Una de las estrategias más dañinas ha sido presentar al ecologismo como una “ideología urbana” ajena al mundo rural. Se ha alimentado una narrativa que enfrenta campo contra ciudad, como si fueran polos irreconciliables. Esta división es falsa y peligrosa.
La realidad es que el campo depende de mercados urbanos para su producción y consumo. La sostenibilidad de la agricultura y la ganadería está intrínsecamente ligada a la salud de los ecosistemas. La colaboración entre urbano y rural es indispensable para enfrentar desafíos como la crisis climática y la pérdida de biodiversidad.
Este fenómeno ha sido analizado en el artículo El auge de los mensajes anti-ecologistas en el medio rural, que documenta cómo este discurso polarizador ha calado en ciertos sectores. Este enfoque divide artificialmente a la sociedad para favorecer a quienes quieren explotar recursos sin límites.
El lobo como chivo expiatorio y la manipulación mediática
En este contexto, el lobo ha sido elegido como chivo expiatorio. A pesar de que la ciencia es clara —como hemos documentado en Por qué matar lobos no es la mejor forma de proteger a las ovejas, los discursos políticos y mediáticos han optado por demonizar al lobo, presentándolo como una amenaza exagerada, peligrosa o descontrolada.
El artículo La guerra del lobo destaca cómo ciertos medios alimentan el alarmismo sobre lobos acercándose a pueblos o supuestos ataques a personas, sin pruebas que los avalen. Esto no es periodismo: es propaganda para generar miedo y justificar la desprotección legal y la gestión letal.
Esta estrategia mediática sirve para polarizar a la población y crear una atmósfera en la que cualquier crítica a las políticas de exterminio queda etiquetada como “irresponsabilidad” o “radicalismo”.
Lo que está ocurriendo con el lobo ibérico no es un problema de gestión aislado: es un síntoma de una crisis profunda en la relación entre la sociedad y la naturaleza, un conflicto político e ideológico que amenaza con arrasar no solo al lobo, sino a otras especies clave y al sentido mismo de la conservación.
Desde Iniciativa Popular por el Lobo hemos documentado a lo largo de todo el año en nuestra web cómo esta involución se ha traducido en políticas, decisiones públicas y actitudes sociales que ponen en riesgo el futuro de nuestros ecosistemas. El conflicto no es solo ecológico, es ideológico, político y social. La batalla por el lobo simboliza la lucha entre dos modelos de sociedad:
Uno que prioriza la evidencia científica, la sostenibilidad a largo plazo y la convivencia armónica con la naturaleza.
Otro que promueve la explotación a corto plazo, el exterminio de lo incómodo y la manipulación de la opinión pública mediante relatos reactivos y simplistas.
Ataques institucionales: la manipulación legal y su legitimación
La ofensiva contra el lobo ha incluido maniobras parlamentarias de gran calado. Un ejemplo paradigmático fue introducir la exclusión del lobo del Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial (LESPRE) mediante una enmienda a una ley de desperdicio alimentario, una modificación que nada tenía que ver con el propósito original de la norma. Esta estrategia demuestra la disposición de ciertos sectores políticos a manipular el marco legal para facilitar la persecución del lobo.
Como hemos visto a lo largo del año, incluso la propia ley y las instituciones pueden ser moldeadas para favorecer la persecución de especies protegidas, y la batalla ideológica se libra con más fuerza que la batalla judicial o científica. Así lo hicieron a primeros de año a través de una artimaña legislativa que consiguió desproteger al lobo como contábamos en el artículo Vox, PNV, PP, Junts y UPN abren la veda del lobo con la abstención de Coalición Canaria, EH Bildu y ERC. PSOE, Sumar, Podemos y BNG votaron en contra.
Al mismo tiempo, comunidades como La Rioja han avanzado incluso más lejos al permitir la caza del lobo como especie cinegética, autorizando que los cazadores se lleven la cabeza del animal como trofeo por 1.298 €, una degradación histórica que socava cualquier principio de conservación seria.
Matar lobos no reduce los ataques, los aumenta
Uno de los mitos más dañinos que se ha repetido este año es que eliminar lobos reduce los ataques al ganado. Nada más lejos de la realidad. La evidencia científica y los propios datos oficiales demuestran que:
La eliminación de ejemplares reproductores desestructura las manadas, creando grupos inestables y más propensos a buscar presas fáciles. La dispersión de lobos jóvenes e inexpertos favorece comportamientos oportunistas, incluidos los ataques al ganado. En regiones donde se han autorizado “controles letales”, los ataques no disminuyen, aumentan.
Este fenómeno está explicado con detalle en nuestro artículo Por qué matar lobos no es la mejor forma de proteger a las ovejas, donde se analizan las causas biológicas y ecológicas de por qué el exterminio no soluciona los conflictos.
La evidencia científica es clara:
El lobo no provoca los estragos que algunos afirmaron.
Los daños al ganado no disminuyen cuando se mata lobos; en muchos casos aumentan, precisamente por la desestructuración social de las manadas.
Las poblaciones del lobo no entran en “sobrepoblación” tal y como sí ocurre con otras especies generalistas; como predadores apicales, se autorregulan.
A pesar de ello, la política se ha convertido en un campo donde la evidencia pesa poco frente al relato populista y al interés particular. Cuando se anteponen los intereses políticos o económicos a la ciencia, el resultado es siempre el mismo: pérdida de biodiversidad y fracaso de las políticas públicas.
El fracaso estadístico de políticas letales Asturias y Cantabria: laboratorio del fracaso cinegético
En Asturias, el propio Principado ha querido justificar asesinar hasta 53 lobos, pero los datos oficiales muestran que esta estrategia no ha reducido los daños al ganado. Todo lo contrario: se observa mayor inestabilidad en las poblaciones y un aumento de conflictos.
Este análisis está disponible en Los datos de la muerte del Principado de Asturias en cifras, donde se desmonta numéricamente la idea de que “controlar” lobos significa menos ataques.
Cantabria ha sido otro caso paradigmático. Tras abolir la protección del lobo y establecer cupos para abatir hasta 41 ejemplares, las cifras de ataques y muertes de reses no se han reducido, más bien al contrario.
El análisis Fracaso de la gestión cinegética del lobo demuestra que la política de exterminio no solo no solucionó los presuntos problemas, sino que evidenció un grave error conceptual en la gestión cinegética, donde se confunde actividad administrativa con conservación eficaz.
Participación de paisanos en batidas: ilegal, indecente y medieval
Si algo simboliza la involución de este año es que particulares —aunque no porten armas— han sido invitados a colaborar en batidas contra el lobo junto a agentes públicos en lugares como el Sellón (Asturias).
Esto no solo viola los protocolos oficiales, sino que pone en riesgo la seguridad, degrada la función pública y normaliza la idea de que cualquier civil puede participar en una operación letal contra fauna protegida. La participación operativa de paisanos en batidas, además de ilegal, es un retroceso moral y administrativo que será denunciado si procede, porque no se puede permitir la colaboración de particulares en procedimientos de exterminio disfrazados de gestión.
Impunidad, fraude y degradación institucional
La degradación de la gestión no solo se manifiesta en malas decisiones, sino también en prácticas administrativas defectuosas. La manipulación de precintos, sistemas de control ineficaces y falta de transparencia están alimentando un clima de impunidad.
Este problema está analizado en detalle en Precintos, fraude y lobos: cómo un sistema defectuoso está alimentando la impunidad cinegética, donde se documenta cómo la falta de controles efectivos favorece actividades que bordean la ilegalidad y degradan la integridad de la gestión pública.
La guerra ideológica contra el lobo
Como decíamos antes, en artículos como La guerra del lobo hemos descrito cómo alrededor del lobo se está librando una auténtica batalla ideológica, donde no solo se cuestiona la ciencia, sino que se demoniza al animal, se distorsionan los datos y se genera un clima de polarización entre “mundo rural” y “progresistas de ciudad”.
Pero esta guerra no es solo retórica: tiene consecuencias reales en la legislación, en la gestión autonómica y en la percepción pública, favoreciendo políticas que apuntan más a satisfacer demandas cinegéticas que a proteger sistemas ecológicos.
No es solo el lobo: anguila y salmón al borde del abismo
Los ataques al lobo forman parte de un patrón más amplio. La anguila europea, catalogada como especie en peligro crítico de extinción, sigue siendo explotada. La pesca de angulas continúa incluso sabiendo que la especie está al borde del colapso. La misma lógica depredadora se aplica al salmón atlántico, cuyos stocks están en mínimos históricos, y aun así varias comunidades siguen permitiendo su pesca recreativa.
Esto demuestra que el criterio de decisión no es la sostenibilidad, sino los intereses económicos a corto plazo, sin importar las consecuencias ecológicas a largo plazo.
Devaluación del ecologismo: del orgullo al insulto
Hace apenas unas décadas, ser ecologista significaba ser defensor de la vida, orgullo social, símbolo de compromiso colectivo. Hoy, defender el medio ambiente puede exponerte a insultos, amenazas y campañas de desprestigio desde sectores políticos y mediáticos muy activos.
Colectivos ecologistas han denunciado públicamente el aumento de ataques y descalificaciones, como en el manifiesto contra la desinformación que recoge Ecoticias: Acoso a las organizaciones ecologistas que firman manifiesto contra la desinformación y ataques a quienes defienden el medio ambiente”
Además, organizaciones como Ecologistas en Acción han alertado del auge de agresiones (verbales y físicas) contra activistas ambientales, denunciando incluso la complicidad institucional: “Ecologistas en Acción alerta del auge de agresiones a activistas y denuncia complicidad del Estado”
Esta devaluación del ecologismo no es casual: es parte de una campaña para deslegitimar la voz de la ciencia y del sentido común.
Capitalismo, populismo, ultraderecha y políticas anti-naturaleza
Todo este retroceso ocurre en un contexto político más amplio: el auge de discursos populistas y ultraderechistas que presentan la conservación como una amenaza, la ciencia como ideología y la protección ambiental como un ataque a la libertad.
Narrativas como “los ecologistas quieren prohibir todo” o “la naturaleza es enemiga del progreso” no son espontáneas: forman parte de una estrategia para movilizar apoyo político a costa de tensar a la sociedad contra quienes defienden la vida.
El capitalismo demuestra su cara más feroz cuando el fascismo deja de ser una anomalía y vuelve a convertirse en una herramienta útil para sostener un sistema en crisis. En ese contexto, el desprecio absoluto por el medioambiente deja de ocultarse y pasa a exhibirse sin complejos: la naturaleza es vista como un obstáculo, la biodiversidad como una molestia y la vida —humana y no humana— como una variable prescindible frente a la cuenta de resultados.
No es una deriva casual. Cuando el beneficio económico se sitúa por encima del bien común, cuando el crecimiento ilimitado se impone en un planeta con límites evidentes, la destrucción ambiental se convierte en política de Estado. El auge de discursos autoritarios, negacionistas y reaccionarios va siempre acompañado de un ataque frontal a la ciencia, a la conservación y a cualquier forma de regulación que ponga freno al expolio. El fascismo no necesita ocultar su odio a la naturaleza: le basta con reducirla a mercancía o eliminarla cuando estorba.
En este marco, el lobo, los ríos vivos, las especies en peligro o los ecosistemas funcionales son enemigos a batir. No porque causen un daño real, sino porque representan un límite, una evidencia incómoda de que no todo puede explotarse sin consecuencias. Defender la vida se convierte entonces en un acto subversivo, y quienes lo hacen pasan a ser señalados, ridiculizados o directamente atacados.
La guerra contra la naturaleza no es un efecto colateral del sistema: es una de sus expresiones más claras. Y mientras se sigan anteponiendo los beneficios privados al bienestar colectivo y al futuro de los habitantes del planeta, el conflicto no hará más que agravarse.
La guerra continúa, pero la resistencia también
La batalla por el lobo, por la anguila, por el salmón y por la integridad de nuestros ecosistemas no es un episodio menor. Es una guerra ideológica, científica, política y social. Y aunque los invasores de esta guerra —populistas, lobbies extractivos y políticos cortoplacistas— intenten silenciarla, la evidencia, la ciencia y la historia están del lado de quienes defienden la vida.
El lobo no es el problema.
El problema es un sistema político que ha decidido que todo lo que no se somete a sus intereses cortoplacistas, fundamentalmente económicos, debe desaparecer.
