Una manada de lobo ibérico no es un grupo cerrado cuyo número de integrantes permanece constante durante todo el año. Es una unidad familiar dinámica, sometida a nacimientos, mortalidad, dispersión de los jóvenes y cambios en la composición del grupo. Por eso, una misma manada puede estar formada por tres o cuatro animales durante una parte del invierno y alcanzar seis, ocho o más individuos durante el verano, cuando los cachorros nacidos en primavera todavía permanecen junto a los adultos. Entender esta dinámica es esencial para interpretar correctamente los censos y, sobre todo, para evitar que una fotografía puntual de la especie se convierta en una representación permanente de su población.
El último censo nacional coordinado por el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico contabilizó 333 manadas reproductoras en España durante el periodo 2021-2024, frente a las 297 registradas en el censo anterior. El propio Ministerio califica el incremento como moderado y señala que buena parte de la expansión se produce en los límites oriental y meridional del área de distribución. Además, el MITECO explica expresamente que el censo cuantifica la población mediante el número de manadas reproductoras, al tiempo que distingue las zonas donde existen ejemplares dispersantes, normalmente aislados.
Esto significa que las 333 manadas no pueden convertirse automáticamente en una determinada cifra de lobos mediante una simple multiplicación. Y mucho menos utilizando como multiplicador el número máximo de ejemplares que puede observarse en una manada durante los meses posteriores al nacimiento de los cachorros. Para comprender qué población hay detrás de esas 333 unidades reproductoras es imprescindible conocer primero cómo funcionan y cuánto cambian de tamaño las manadas a lo largo del año.
Una manada de lobos es una familia, no una cifra
El lobo es una especie social. Sus grupos están constituidos fundamentalmente por unidades familiares en las que la reproducción, la supervivencia de los cachorros, la permanencia de jóvenes y la dispersión de determinados individuos determinan continuamente la composición del grupo. Esto hace que el tamaño de una manada sea una variable biológica y no una cantidad fija.
Uno de los estudios más importantes realizados específicamente sobre esta cuestión en el lobo ibérico es el publicado por Alberto Fernández-Gil y colaboradores en Wildlife Biology. Los investigadores analizaron la variación del tamaño de las manadas en el norte de España durante el periodo comprendido entre 1990 y 2018. Para estudiar el invierno reunieron 253 observaciones de manadas realizadas en 42 localidades, correspondientes a diferentes manadas seguidas durante distintos años del periodo de estudio. En total, estas observaciones representaron 160 combinaciones entre una determinada manada y un determinado año, lo que permitió analizar cómo variaba el tamaño de los grupos a lo largo del tiempo. Para el verano analizaron además 237 observaciones realizadas en lugares de reunión de las manadas. La amplitud temporal y el número de observaciones convierten este trabajo en una referencia especialmente útil para comprender cómo cambia el tamaño de los grupos familiares del lobo a lo largo del año.
Los resultados ofrecen una fotografía muy diferente de la que a veces transmite el debate público. Durante el invierno, el tamaño medio de las manadas fue de 4,2 individuos, con una desviación estándar de 1,7. Además, el tamaño medio no permanecía siquiera estable durante esa estación: el modelo utilizado por los investigadores estimó una media de 4,9 lobos en noviembre, que descendía hasta 3,8 en abril. En los registros analizados aparecieron manadas de entre dos y nueve ejemplares.
El modelo utilizado por los investigadores estimó una media de 4,9 lobos en noviembre, que descendía hasta 3,8 en abril
Estos datos son especialmente interesantes porque proceden de un estudio realizado durante casi tres décadas y con una muestra considerable de observaciones. No estamos, por tanto, ante la fotografía anecdótica de una manada concreta, sino ante un análisis diseñado precisamente para estudiar cómo varía el tamaño de los grupos familiares del lobo ibérico.
El verano cambia completamente la fotografía
¿Por qué entonces aparecen con tanta frecuencia cifras de ocho, nueve o incluso diez lobos? La respuesta está fundamentalmente en la reproducción.
La primavera transforma la composición de las manadas. Nacen los cachorros y, durante los meses siguientes, estos permanecen asociados al grupo familiar. Cuando llega el verano comienzan a acompañar progresivamente a los adultos y subadultos y es posible observar juntos a un número de animales muy superior al habitual durante el invierno.

El estudio de Fernández-Gil encontró que en verano los adultos y subadultos tenían una media de 3,1 ejemplares, mientras que los cachorros alcanzaban una media de 4,0. En aquellas observaciones en las que pudieron verse simultáneamente adultos y cachorros, el tamaño medio de la manada fue de 6,8 individuos. La mayor agrupación registrada llegó a 14 lobos: seis adultos y ocho cachorros.
Aquí aparece la clave que con frecuencia desaparece cuando las cifras llegan al debate público: una manada de nueve lobos puede existir perfectamente, pero eso no significa que esa manada tenga nueve lobos durante todo el año. El dato puede ser absolutamente correcto y, al mismo tiempo, resultar engañoso si se presenta sin explicar cuándo se realizó el recuento.
La misma manada puede tener cuatro lobos en invierno y nueve en verano
Imaginemos una manada formada durante el invierno por cuatro individuos. Llega la primavera, nace una camada y varios cachorros sobreviven hasta el verano. Durante agosto pueden observarse junto a los adultos y subadultos nueve animales. No hay ninguna contradicción. Tampoco hay dos censos incompatibles.
No han aparecido cinco lobos nuevos de ninguna parte ni han desaparecido cinco entre agosto y diciembre. Estamos observando dos momentos diferentes de la vida de una misma familia. A medida que transcurre el año se producen mortalidades, los cachorros crecen, algunos jóvenes abandonan el grupo y otros pueden permanecer vinculados a él. Por eso el tamaño de la manada se modifica constantemente.
El propio estudio científico explica que el descenso observado durante el invierno puede estar relacionado con factores como mortalidad y dispersión, además de otros cambios propios de la estructura social de la especie. Los autores señalan también que la mortalidad causada por el ser humano puede producir descensos importantes del tamaño de las manadas. Esta última cuestión merece especial atención porque demuestra que el número de individuos de una manada no es solamente una cuestión descriptiva. El tamaño del grupo tiene consecuencias sobre su comportamiento social, reproductivo y depredador y, por tanto, sobre la propia dinámica de la población.
El descenso observado durante el invierno puede estar relacionado con factores como mortalidad y dispersión, además de otros cambios propios de la estructura social de la especie
El problema aparece cuando el máximo estacional se convierte en una cifra permanente
Aquí es donde las cifras pueden empezar a generar una percepción distorsionada sin necesidad de que nadie tenga que inventar un solo dato. Decir que una determinada manada llegó a tener nueve lobos durante el verano puede ser perfectamente correcto. Lo que deja de ser correcto es utilizar esos nueve individuos como representación permanente de esa unidad familiar durante todo el año.
La diferencia es fundamental. Una cosa es el tamaño máximo observable de una manada en una determinada época y otra muy distinta es su tamaño medio a lo largo del ciclo anual.
La ciencia lleva décadas teniendo en cuenta esta diferencia. De hecho, Fernández-Gil y sus colaboradores estudiaron por separado las observaciones invernales y estivales precisamente porque las condiciones de observación y la estructura de los grupos son diferentes. Los investigadores advierten además de que las estimaciones estivales y las invernales no son estrictamente comparables porque proceden de contextos y metodologías diferentes.
Una cosa es el tamaño máximo observable de una manada en una determinada época y otra muy distinta es su tamaño medio a lo largo del ciclo anual
Por eso resulta tan importante que, cuando se cite el tamaño de una manada, se indique qué se ha contado, cuándo se ha contado y mediante qué método.
Contar una manada no es contar todos los lobos que pertenecen a ella
Hay otra cuestión que suele quedar escondida detrás de las cifras. Cuando hablamos de una manada estamos hablando de una unidad social y reproductora, no necesariamente de todos los individuos que en algún momento pueden estar relacionados con ese grupo. Los lobos jóvenes pueden dispersarse. Algunos abandonan la manada y recorren grandes distancias en busca de un territorio propio y de una pareja. Durante ese periodo pueden encontrarse solos o asociados temporalmente con otros individuos, sin formar parte de una manada reproductora estable.
Por eso el propio censo nacional del MITECO diferencia el área ocupada por manadas reproductoras de aquellas zonas donde se detecta presencia esporádica de ejemplares dispersantes o normalmente aislados. El Ministerio explica además que, cuando una manada ocupa territorio de más de una comunidad autónoma, se ha coordinado la información para evitar que sea contabilizada dos veces. Esta última precisión es especialmente importante en España, donde las fronteras administrativas atraviesan territorios de lobos. Una familia de lobos no deja de ser la misma familia porque atraviese una línea dibujada sobre un mapa administrativo.
El censo nacional ha intentado corregir precisamente este problema: de las manadas compartidas entre comunidades autónomas, 37 fueron contabilizadas como unidades únicas en el periodo 2021-2024, evitando duplicaciones.
Las 333 manadas no son 333 grupos de nueve o diez lobos
Este es probablemente el punto que más interesa aclarar. España tiene, según el último censo nacional, 333 manadas reproductoras. Pero esa cifra no significa que existan 333 grupos formados permanentemente por nueve o diez animales. El propio MITECO no utiliza ese procedimiento. Su censo cuantifica la población a través del número de manadas reproductoras y analiza por separado la distribución de ejemplares dispersantes.
Si alguien tomara las 333 manadas y las multiplicara automáticamente por diez, estaría suponiendo que cada una de ellas mantiene diez individuos durante todo el año. Los estudios científicos sobre el tamaño de las manadas no respaldan semejante simplificación. El trabajo de Fernández-Gil encontró una media invernal de 4,2 individuos y una media de 6,8 en las observaciones estivales simultáneas de adultos y cachorros. Es decir, el tamaño de los grupos puede cambiar sustancialmente dependiendo del momento del ciclo anual que estemos observando.
Y esto es precisamente lo que debe explicarse cuando se utilizan las cifras del censo para hablar de la población.
El dato de las 333 manadas tampoco significa que el lobo esté “desbordado”
Otro de los problemas que genera la utilización aislada de cifras es que se puede convertir cualquier incremento en una supuesta explosión demográfica. El censo nacional de 2021-2024 registró 333 manadas frente a las 297 del periodo 2012-2014. El incremento es real: aproximadamente un 12 %. Pero el propio MITECO lo califica como un crecimiento moderado, señala que se produce especialmente en los límites del área de distribución y afirma que en las zonas de distribución histórica de Galicia, Asturias y Castilla y León se observa una estabilización de los efectivos.
El propio MITECO afirma que en las zonas de distribución histórica de Galicia, Asturias y Castilla y León se observa una estabilización de los efectivos
Además, el propio Ministerio señala que las 333 manadas están todavía por debajo de las 500 manadas que los científicos consideran necesarias para asegurar la viabilidad genética de la especie a largo plazo.
Esta cuestión ya ha sido desarrollada en loboiberico.info y no es necesario repetir aquí todo el análisis sobre el estado de conservación. Para quien quiera profundizar en ello, resulta especialmente interesante nuestro artículo “El lobo no está a salvo”, donde se analiza el significado de las 333 manadas y la distancia que todavía existe respecto al umbral de seguridad de 500 grupos reproductores.
El objetivo de este artículo es otro: entender qué hay detrás de cada una de esas manadas y por qué no puede asignárseles un número fijo de lobos.
La metodología importa tanto como la cifra
Cuando se habla de censos de fauna salvaje existe una tentación comprensible de buscar un único número que permita responder a una pregunta aparentemente sencilla: “¿cuántos lobos hay?”. Pero la realidad biológica es mucho más compleja.
Los investigadores no pueden simplemente recorrer España y contar simultáneamente todos los lobos existentes. La especie es móvil, ocupa grandes territorios, atraviesa zonas boscosas, tiene individuos dispersantes y desarrolla una estructura social que cambia a lo largo del año. Por eso los censos utilizan diferentes indicadores y metodologías.
El censo nacional 2021-2024 fue realizado por las comunidades autónomas mediante una metodología coordinada dentro del Grupo de Trabajo del Lobo, con coordinación nacional del MITECO. El Ministerio señala que la metodología se diseñó para permitir la comparación con el censo anterior y que se contó con técnicos y expertos en la especie.
Precisamente por eso resulta tan importante no mezclar indiscriminadamente manadas reproductoras, individuos observados, cachorros, adultos, subadultos y dispersantes como si fueran categorías equivalentes. No lo son.
La cifra de nueve lobos puede ser cierta y, sin embargo, no representar a la manada
Esta aparente paradoja es fundamental para entender el debate. Supongamos que un investigador observa nueve lobos en agosto. La observación puede ser completamente válida. Si esos nueve animales pertenecen a una misma familia, podemos hablar de una manada de nueve ejemplares en ese momento concreto.
Pero si meses después el mismo grupo está formado por cuatro animales, tampoco podemos afirmar que el segundo dato sea consecuencia de un error. La manada ha cambiado. Por eso, el dato aislado no es suficiente, hay que conocer la serie temporal, hay que saber si estamos ante una observación invernal o estival, hay que conocer la metodología, se debe determinar si estamos contabilizando adultos, subadultos y cachorros y, sobre todo, hay que evitar convertir el máximo observado en el tamaño permanente del grupo.
Incluso una cifra elevada puede esconder una realidad demográfica mucho más modesta
Este punto resulta especialmente importante cuando las cifras se utilizan para comparar poblaciones.
Una manada con seis adultos y ocho cachorros puede aparecer en un momento determinado como un grupo de catorce lobos. Pero ocho de esos individuos son cachorros. Su supervivencia futura todavía no está garantizada y su permanencia en la manada tampoco.
Por eso, no es equivalente contabilizar catorce lobos durante una observación estival que afirmar que una población está constituida por manadas estables de catorce individuos.
El propio estudio de Fernández-Gil señala que sus observaciones estivales corresponden a manadas que habían criado con éxito hasta finales del verano y que, por ello, esos datos no pueden interpretarse directamente como el número medio de cachorros de todas las manadas, puesto que existen grupos que no crían o que no consiguen sacar adelante a la camada.
Es una precisión metodológica que rara vez aparece cuando las cifras abandonan el ámbito científico y llegan al debate político. Y es precisamente ahí donde se produce buena parte de la confusión.
El problema no está en contar muchos lobos: está en no explicar qué representan
No se trata de afirmar que las manadas grandes no existan. Existen. Tampoco se trata de negar que una manada pueda alcanzar nueve, diez o incluso más individuos. Puede hacerlo. El problema aparece cuando un máximo puntual se convierte en una característica permanente de toda la población.
La ciencia muestra una realidad mucho más matizada: grupos familiares que durante el invierno presentan tamaños reducidos y que aumentan temporalmente tras la reproducción. El tamaño medio invernal de 4,2 individuos encontrado en el amplio estudio de Fernández-Gil et al. constituye una referencia especialmente importante precisamente porque procede de una serie extensa y permite observar la evolución del tamaño del grupo durante la estación.
La ciencia muestra una realidad mucho más matizada: grupos familiares que durante el invierno presentan tamaños reducidos y que aumentan temporalmente tras la reproducción
Por eso, si alguien habla de una manada de diez lobos, la pregunta no debería ser inmediatamente si el dato es verdadero o falso. La pregunta correcta es: ¿Cuándo fueron contados esos diez lobos?
Una cuestión especialmente importante en un país donde las cifras tienen consecuencias políticas
La discusión sobre el tamaño de las manadas no es puramente académica porque las cifras sobre la abundancia del lobo se utilizan para construir discursos políticos sobre la especie.
En España hemos asistido durante los últimos años a una intensa batalla alrededor de los censos, el estado de conservación y la interpretación de la evolución de las poblaciones. Lobo Ibérico ya ha analizado este problema desde diferentes perspectivas: desde la situación de conservación hasta la utilización política de los datos y las consecuencias de las decisiones adoptadas por algunas comunidades autónomas.
Por eso no tendría sentido repetir aquí esos argumentos. Para quien quiera profundizar en ellos, pueden consultarse “El lobo ibérico continúa en una situación de conservación desfavorable” y “Haz tu alegación al informe sexenal del lobo elaborado y publicado por el MITECO”, donde se desarrolla con mucha mayor profundidad la cuestión del estado de conservación, la evolución del número de manadas y los criterios utilizados en el informe sexenal.
Aquí interesa algo más concreto: si queremos utilizar las manadas como unidad para hablar de la población, debemos entender primero qué tamaño tienen realmente y cómo varía ese tamaño.
Y hay una cuestión que no debería perderse de vista
La discusión sobre el tamaño de las manadas tampoco puede separarse completamente de las consecuencias que tiene alterar artificialmente su estructura.
Cuando se elimina un reproductor o varios individuos de una familia, la consecuencia no se limita a restar uno o dos animales de una estadística. Las manadas son estructuras sociales y la desaparición de determinados individuos puede modificar su composición y funcionamiento. Este aspecto ya lo hemos desarrollado ampliamente en Lobo Ibérico, especialmente en “Asturias, Cantabria y el Sellón: la caza institucional del lobo y sus consecuencias”, por lo que no es necesario reproducir aquí aquel análisis.
Las manadas son estructuras sociales y la desaparición de determinados individuos puede modificar su composición y funcionamiento
Pero sí conviene recordar una idea: cuando hablamos de una manada no estamos hablando simplemente de un número de animales independientes que pueden sumarse o restarse de una tabla. Estamos hablando de una estructura familiar cuya composición tiene consecuencias ecológicas y sociales.
Y precisamente por eso conocer su tamaño real, su evolución y su estructura es mucho más importante que disponer de una cifra espectacular para utilizarla en un titular.
El dato que debería quedar claro
Los estudios científicos disponibles permiten establecer una conclusión sencilla. Las manadas de lobo ibérico son pequeñas durante buena parte del año y aumentan temporalmente de tamaño después de la reproducción.
En el amplio estudio de Fernández-Gil, la media invernal fue de 4,2 lobos, descendiendo desde 4,9 en noviembre hasta 3,8 en abril. Durante el verano, los adultos y subadultos tuvieron una media de 3,1 ejemplares y los cachorros de 4,0, mientras que las observaciones simultáneas de adultos y cachorros dieron una media de 6,8 animales. El máximo registrado fue de 14. Por tanto, hablar de una manada de nueve o diez lobos no es necesariamente falso.
Lo que sí sería científicamente incorrecto sería utilizar esa cifra como si describiera de forma permanente a la manada durante todo el año. Y esta diferencia es esencial.
El lobo no puede contarse con una fotografía
El problema de fondo es que una fotografía puede mostrar una realidad perfectamente verdadera y, sin embargo, ofrecer una visión incompleta.
Una fotografía tomada en agosto puede mostrar diez lobos. Otra tomada en febrero puede mostrar cuatro. Las dos pueden pertenecer a la misma manada. Las dos pueden ser correctas. Lo que cambia es el momento del ciclo biológico. Por eso los censos científicos no deberían reducirse nunca a una imagen, una observación aislada o una cifra repetida sin contexto. La verdadera información está en la evolución de los grupos, en las series temporales y en la metodología empleada para obtener los datos.
Y esto es especialmente importante en una especie como el lobo ibérico, cuya estructura social, reproducción y dispersión hacen que el número de animales observables juntos cambie considerablemente a lo largo del año.
Una manada no son diez lobos. Una manada es una dinámica familiar
Quizá esta sea la mejor manera de resumir todo el problema.
Una manada no es una cifra fija. Es una familia. Una familia que se reproduce, que incorpora temporalmente a los cachorros, que pierde individuos, que ve marcharse a sus jóvenes y que vuelve a reorganizarse año tras año. Por eso, cuando se habla de 333 manadas en España, no estamos hablando de 333 grupos idénticos, cerrados y permanentes. Estamos hablando de 333 unidades reproductoras cuya composición cambia a lo largo del tiempo y cuyo tamaño debe interpretarse en función de la época del año y del método de seguimiento.
Una manada no es una cifra fija. Es una familia. Una familia que se reproduce, que incorpora temporalmente a los cachorros, que pierde individuos, que ve marcharse a sus jóvenes y que vuelve a reorganizarse año tras año
El dato de las 333 manadas es importante. Pero saber que existen 333 unidades reproductoras no nos autoriza a imaginar 333 grupos permanentes de nueve o diez lobos. La ciencia dice algo mucho más interesante. Dice que una manada ibérica puede tener un tamaño reducido durante el invierno, aumentar considerablemente tras la reproducción y volver posteriormente a disminuir a medida que avanza el ciclo anual.
Y esa realidad biológica debería estar siempre presente cuando alguien utiliza una cifra para describir la abundancia del lobo. Porque antes de preguntar “¿cuántos lobos hay?”, hay una pregunta todavía más importante: ¿qué estamos contando exactamente?
Referencias
- El censo nacional del lobo 2021-2024 arroja una cifra total de 333 manadas en toda España — MITECO
- Censo nacional del lobo 2021-2024 — Nota metodológica del MITECO
- Pack size in humanized landscapes: the Iberian wolf population — Fernández-Gil et al., 2020
- Minimum average pack size in Iberian wolves — Llaneza et al., 2023
- Correction to: Minimum average pack size in Iberian wolves — Springer
- Cryptic population structure reveals low dispersal in Iberian wolves — *Scientific Reports*, 2018
- El lobo no está a salvo
- El lobo ibérico continúa en una situación de conservación desfavorable
- Haz tu alegación al informe sexenal del lobo elaborado y publicado por el MITECO
- Algunas comunidades consideran favorable el estado del lobo en contra de toda la evidencia científica
- Asturias, Cantabria y el Sellón: la caza institucional del lobo y sus consecuencias
- El Tribunal Supremo tumba la matanza de lobos en Asturias y Cantabria y da la razón a ASCEL
