Esta doble moral es ya una constante en el discurso del sindicalismo agrario vasco. Reclaman dinero público para financiar medidas de convivencia —como vallados portátiles, pastores eléctricos o incluso mastines— mientras promueven campañas de odio y exterminio contra el lobo ibérico, un depredador protegido en el Estado y clave en el equilibrio ecológico.
La propia UAGA, junto con otras organizaciones del sector, ha pedido en múltiples ocasiones que el lobo desaparezca de Euskal Herria, argumentando supuestos conflictos irresolubles con la ganadería extensiva. Sin embargo, ahora se acogen sin rubor a una línea de ayudas que tiene como objetivo explícito facilitar esa convivencia. ¿En qué quedamos? ¿Es posible la coexistencia o no? ¿El lobo es incompatible con la montaña vasca, o vale la pena recibir dinero para fingir que sí?
Mastines: ¿solución viable o excusa manipulada?
La paradoja se acentúa cuando UAGA acompaña su anuncio con una imagen de un perro mastín, símbolo tradicional de la defensa del ganado. Sin embargo, estos mismos sindicatos han declarado en otras ocasiones que el uso del mastín es “incompatible” con el disfrute de la montaña por parte de la ciudadanía vasca. Un argumento sin base, fácilmente desmontable con la realidad de regiones como Castilla y León, Asturias o Galicia, donde el ganado, los mastines, los lobos y las personas comparten el territorio sin dramas artificiales.
Lo que se esconde tras este discurso no es una preocupación por la convivencia real ni por el bienestar del ganado, sino una visión profundamente reaccionaria del mundo rural, donde se considera legítimo eliminar toda forma de vida salvaje que no se someta a los intereses productivistas del sector.
Caza furtiva y cinismo institucional
Esta incoherencia se vuelve aún más obscena en el contexto actual: el reciente anuncio de la apertura de una investigación por la presunta caza furtiva de un lobo en el Parque Natural de Armañón. Lejos de condenar estos hechos, el silencio —cuando no el aplauso— por parte del sector agrario refuerza la percepción de impunidad y complicidad con prácticas ilegales.
Todo esto refleja un modelo rural anclado en el victimismo subsidiado, que rechaza cualquier responsabilidad en la gestión de la biodiversidad. Un modelo que exige recursos públicos mientras desprecia las condiciones impuestas para obtenerlos. Un modelo que no busca la modernización ni la convivencia, sino la perpetuación de privilegios y la erradicación de todo lo que le resulta incómodo, salvaje o libre.
Como bien señala el artículo “Euskadi, sumidero de lobos: el caso Karrantza y la hipocresía rural vasca” (leer aquí), lo que se vive en Euskadi no es un conflicto entre lobos y ovejas, sino entre dos modelos de relación con la naturaleza: uno basado en el respeto, la adaptación y la inteligencia; y otro, en la arrogancia, la mentira y la bala.

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